“Era amigo de Saramago pero no leía sus libros”

Alberto vázquez-figueroa, escritor

El novelista ha estado recientemente en Sevilla promocionando Medusa, su última novela.

El escritor Alberto Vázquez Figueroa. /Manuel Gómez
El escritor Alberto Vázquez Figueroa. /Manuel Gómez
Francisco Correal

15 de junio 2014 - 10:17

–El protagonista de Medusa es traductor. ¿A cuántos idiomas han traducido sus novelas?

–A más de cuarenta. Algunos tan raros como el búlgaro.Una edición en cirílico en la que sólo entendía Tenerife y mi apellido.

–¿Conoce la Feria del Libro de Fráncfort, donde se conocen sus personajes?

–Alguna vez he ido. Todo ese mundo me resulta fastidioso y aburridísimo.

–¿El libro es una metáfora del cambio climático?

–Las cosas que están ocurriendo son las que aparecen en la novela, algunas han sucedido después. Lo de la telefonía móvil es tremendo. Hasta en bicicleta hablan por el móvil. Se ha convertido en una parte de nuestro cuerpo, para algunos más importante que un brazo o una pierna.

–¿Qué es más excitante, tener lectores o compradores de sus libros?

–Lectores. Y si no pueden conseguirlos, se los mando por internet a la Patagonia, Alaska o al corazón de la Pampa. Pero que no roben el trabajo del creador.

–¿Los libros han hecho avanzar a la humanidad más que la locomotora?

–Lo dice un personaje de la novela. Para poner en marcha una locomotora hace falta un libro en el que se explica cómo funciona. Siempre ha habido libros, en las comedias griegas y en aquellos frailes que los copiaban. El libro pasará a ser electrónico y tenemos que sufrir esa transición.

–Como canario, ¿es más africano o americano?

–El canario nunca se ha sentido africano y eso que desde mi casa de Lanzarote veía África todos los días. Tenemos raíces africanas, nórdicas y hasta de los fenicios que venían a buscar la púrpura. Cuentan que Juba, rey de Túnez, nieto de Cleopatra y Marco Antonio, llegó a Roma y cuando Calígula le vio la capa con seda de la China teñida con púrpura de las islas Canarias, le quitó la capa y le cortó la cabeza.

–¿Coincidió en Lanzarote con Saramago?

–Vivíamos en el mismo pueblo, Tías. Pilar, su mujer, es amiga de mi mujer.

–¿Se leían sus libros?

–No sé si él leía mis libros. Yo no he leído los suyos. Teníamos estilos diferentes. Él es Premio Nobel y yo no. Una o dos veces a la semana comíamos juntos, hablábamos de muchas cosas. Pilar es muy partidaria de Alberti y un día, comiendo con más gente, se levantó de la mesa, volvió con un libro de Alberti y se puso a recitarlo, que si la gallina cuá cuá. Le dije que a mí no me gustaba Alberti y desde ese día le tendría odio eterno. De la risa, Saramago se cayó de la silla. Pilar se puso enfadadísima. Se querían mucho, pero José le tenía pánico.

–En su novela, la disyuntiva no es república o monarquía, sino playa o montaña...

–Yo soy de mar más que de playa. He vivido treinta años en Lanzarote y habré bajado dos veces a la playa. No soporto la arena, las pelotas, la gente, la música.

–¿Guerras de currículum?

–Chad, Biafra, República Dominicana, Bolivia dos veces, Guatemala, Guinea-Conakry.

–¿Descubre el coltan de corresponsal de guerra?

–Nadie sabía lo que era el coltan hasta mi novela. Cuando vi a esos niños en el Congo rebuscando, creía que se dedicaban a sacar oro o buscaban diamantes.

–¿Entendió el corazón de las tinieblas de Conrad?

–Parecía que las terribles guerras entre hutus y tutsis eran por motivos ideológicos o tribales y en realidad eran por el coltan. Si en el Congo se producía la paz, el Gobierno congoleño sería dueño del ochenta por ciento de las reservas mundiales de coltan, que es decir de toda la tecnología mundial. A las grandes potencias, que en realidad están en manos de diez grandes empresas, les interesa que haya una guerra, tienen especialistas en crear conflictos, y mientras se pelean, ellos sacan el coltan. Aparecen esos personajes sanguinarios que reclutan niños soldados, que violan a las niñas, y todo para que en nuestro mundo civilizado todos tengamos teléfono móvil y un televisor de plasma.

–¿El salto del siglo de las luces al que llama siglo de las tecnologías?

–Con empresas que no pagan impuestos, que no se preocupan por la salud de la gente ni hacen carreteras, hospitales ni escuelas.

–¿Hay esperanza?

–La tenemos que poner nosotros. Lo malo no es el uso de la tecnología, sino el abuso. Hay niños que no saben ni hablar.

–¿Qué le dio el desierto?

–Mi padre era ingeniero jefe de Telégrafos y lo meten en la cárcel cuando empieza la guerra. Nos deportaron a África, primero a Marruecos, después al desierto. Murió mi madre, enfermó mi padre, mi hermano se exilio a Venezuela. Me crié sin familia, sin escuela, con los saharianos, Gracias a ellos escribí Tuareg y todo lo que vino después.

–¿Le rozó el realismo mágico?

–Cien años de soledad me parece la mejor novela del siglo pasado. La literatura es fantasía. Es lo que permite historias como el Retrato de Dorian Gray, Frankestein o Drácula.

–¿Todos los escritores querían ser García Márquez como todos los niños quieren ser Messi?

–Lo mío es la aventura pura y dura. Sólo escribo de lo que conozco y he vivido: el desierto, el submarinismo, la selva. Y este mundo absurdo dependiente de unas ondas electromagnéticas.

–¿El guiño a Sofía Loren?

–La última vez la vi en el festival de Cannes. Franco Cristaldi, el productor de Fellini, estaba empeñado en llevar al cine Ébano y me invitó a cenar a su casa de Roma, en lo alto de una colina. Allí estaba su esposa, Zeudi Araya, una maniquí negra y guapísima que iba a hacer la película, y también Fellini, Sofía Loren y Marcello Mastroianni. Un actor increíble, mucho éxito con las mujeres, pero el más tonto del mundo. Todo lo contrario que mi amigo Omar Shariff, culto, simpático. Lo conocí en el rodaje de Ébano, que al final la hizo otro productor con Michael Caine, William Holden y Peter Ustinov.

–¿Verá el Mundial?

–La última vez que fui al Bernabéu, metieron un gol y me quedé esperando la repetición.

–El Madrid perdió dos Ligas seguidas en Tenerife.

–La culpa fue de Buyo.

–¿Es monárquico?

–Lo de los reyes es curioso. El personaje de mi nueva novela, de niño pintaba al rey Gaspar de amarillo y con los ojos achinados. Si los chinos son un tercio de la humanidad y los magos venían de Oriente, debería haber un rey blanco, uno negro y otro chino. El ajedrez le parecía una estupidez. El rey es un gilipollas que está parado y da un saltito mientras que la reina se mueve por todos lados. De niño le enseñaron que los reyes luchaban por sus damas, eran muy valientes, muy machos.

–¿Conoce al rey Juan Carlos I?

–Soy un año mayor que él. En 1969, cuando era Príncipe y el futuro rey acababa de nacer, fuimos a pedirle ayuda para buscar unas pirámides preincaicas en Ecuador. Es simpático, siempre se acuerda de aquello. Y lee mis libros.

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