"Cuando llegué a Mauthausen le dije a mi amigo de Olvera: estamos jodidos"

"Cuando llegué a Mauthausen le dije a mi amigo de Olvera: estamos jodidos"
"Cuando llegué a Mauthausen le dije a mi amigo de Olvera: estamos jodidos"
Charo F. Cotta

23 de mayo 2010 - 01:00

-¿Qué le sugiere el número 5151?

-Es el número que me identificó durante los cuatro años y medio que estuve prisionero en Mauthausen y en los kommandos de Bretstein y Steyr, en Austria.

-¿Cómo logró salir de allí?

-Puede que me ayudaran mi constitución física y mi mentalidad, mis deseos de vivir. Pensaba que, aunque el mundo era injusto, tenía que luchar.

-¿Añoraba su pueblo, Olvera?

-Pensaba en Olvera, lo recuerdo bien. A Mauthausen llegamos tres olvereños. Uno era secretario de la CNT en Olvera y el otro era presidente del Partido Socialista. Murieron allí.

-¿Qué les ocurrió?

-Los trasladaron a Gusen, uno de los campos exteriores. Mi amigo Raya me dijo: "A ver cuál es el primero que va a Olvera". Y le contesté: "Quizás ninguno".

-¿Le afectó mucho la muerte de sus compañeros?

-Yo era consciente de que era muy difícil salir de Mauthausen. Por tanto fue una alegría inmensa llegar vivo al fin de la guerra. Era de los más jóvenes y ahora soy de los poquitos que quedamos.

-¿Qué hacía cuando estalló la Guerra Civil?

-Era aprendiz de zapatero. Tenía 16 años y el patrón me había despedido, porque no estaba de acuerdo con la miseria que había en Andalucía. Los patrones preferían a la gente que se doblegaba.

-¿Había hambre en su pueblo?

-Mucha. En mi casa vivíamos de prestado. La dueña de la tienda nos daba garbanzos, tocino y aceite y se lo pagábamos cuando mi padre trabajaba. Luego mi madre se colocó en las matanzas.

-¿Cómo entró en combate?

-Era sindicalista y formé parte del Comité de Defensa del Pueblo tras el Alzamiento. Defendimos los barrios obreros, pero llegó un momento en que tuvimos que escondernos en la sierra y huir a Ronda.

-¿Allí se alistó?

-Me puse al frente de un pelotón de veinte hombres, como teniente. Fuimos andando desde la sierra de Ronda hasta Almería. Tardamos cinco días en llegar.

-¿En qué otros frentes combatió?

-En los de Cataluña y Aragón. En la batalla del Ebro tuve un papel importante como teniente de transmisiones. Dirigí la compañía cuando el capitán cayó enfermo.

-¿Qué ocurrió tras huir a Francia?

-Estuve en Argelés y Barcarés. A los oficiales de la República nos metieron en unas barracas al llegar, asegurándonos que la situación mejoraría. Con la mala suerte de que estalló la Guerra Mundial.

-¿Y…?

-Nos pusieron a trabajar. Formamos una compañía que fue a fortalecer la línea Maginot, llamada así por el oficial francés que la ideó. Construimos una larga trinchera anticarros.

-¿Y lo apresaron los alemanes?

-Éramos prisioneros de guerra. Pero las autoridades alemanas consultaron con Madrid y el ministro de la Gobernación, Serrano Suñer, les dijo. "De esos españoles no queremos saber nada". Con esa respuesta nos envió a Mauthausen.

-¿Cuántos españoles eran?

-Llegamos a Mauthausen unos siete mil españoles y salimos un tercio. Los demás murieron de hambre.

-¿Sabía que iba a un campo de exterminio?

-Lo supe al entrar, al ver a unos compañeros que llevaban meses allí. Le dije a mi amigo Raya: "Estamos jodidos".

-¿Conoció la existencia de las cámaras de gas?

-En Mauthausen había una cámara de gas, pero no puedo hablar de ella, porque casi todo el tiempo trabajé en los comandos exteriores.

-¿En qué trabajó?

-En Bretstein, un pueblecito de los Alpes, los españoles construimos una carretera. El pasado día 5, en el aniversario de la liberación, recibí una carta de su alcalde.

-Y le agradece la carretera, supongo.

-Aquella experiencia fue la peor. Nos llevaban al río helado para lavarnos. Recuerdo a un oficial argentino de las SS que lloraba de impotencia al vernos.

-¿Cómo salió de allí?

-Por la suerte de ser zapatero. Mientras mis compañeros pasaban frío en las barracas me iba a la zapatería, al fuego. Y me daban una ración de beneficio.

-¿Y después, en Steyr?

-Los alemanes necesitaban vehículos para la guerra. Nos llevaron a trabajar en una fábrica, la Daimler. La gente se moría de hambre.

-Usted estaba ya muy mal, ¿no es así?

-Al final estaba enfermo y deshidratado, era de los más débiles. Pero tenía un amigo que conocía al que repartía la sopa y logró que me diera una gamela todos los días. Siempre hubo algo que me salvó.

-¿Cuándo regresó a Olvera?

-Veinte años después. Mis padres aún vivían. El alcalde de entonces, Sabina, conocía mucho a mi madre porque ella iba a limpiar a su casa. Tanto él como la gente del pueblo me recibieron muy bien, incluso los de derechas. Fue una alegría.

-¿Volverá una vez más?

-Estuve hace tres años, cuando me hicieron un homenaje. Quiero mucho a Olvera y a mis hermanos. Pero ya no volveré. ¡Tengo noventa años! Mi sobrino, que tiene un quiosco de lotería, me mantendrá informado.

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