Pablo Casado De Casado a separado

  • El discurso ultraconservador del líder del PP emulando a Vox no lo ha librado de despeñarse por el precipicio, empujado por los dos flancos de la derecha

Pablo Casado, durante su comparecencia en la sede del PP. Pablo Casado, durante su comparecencia en la sede del PP.

Pablo Casado, durante su comparecencia en la sede del PP. / Javier Lizón (Efe)

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Mariano Rajoy, sereno y analítico, no tuvo arrojo para señalar a su sucesora –con permiso de Alberto Núñez Feijóo, aunque hasta él perdió contra el PSOE en el fiel feudo gallego– y envolvió al PP en la aventura inédita de las primarias que volatizó las carreras políticas de sus dos delfinas, Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal. Enfrentadas en duelo a muerte, el triunfador fue Pablo Casado, que pasaba por allí y sacó tajada de las discordias entre la vicepresidenta y la secretaria general de la formación. En la crisis posterior, el marianismo murió y el aznarismo regresó.

La papeleta para este palentino de 38 años en estos meses no ha sido una balsa de aceite. Apartada la guardia pretoriana de Rajoy, tomó el rumbo de reideologizar los planteamientos liberales del PP. Más conservadurismo y una pizca menos (o no) de liberalismo. Casado tiró por el retrete el centro y se escoró por la banda derecha como un buen extremo en fútbol. Vox marcaba el paso y la sangría de votos de los populares al partido de Santiago Abascal endureció el discurso desde la calle Génova, con Teodoro García Egea de fiel escudero, con Cataluña, la prisión permanente revisable, la familia, el aborto, la caza, los toros... Quizás el líder del PP hubiera mutado la gaviota del logo por un águila o un halcón, con la venia del hispánico Abascal.

Puede que éste fuera el único asidero para Casado, bloqueado por ambos flancos –Ciudadanos en el centro y Vox en la derecha–, y puede también que quedarse sentado a la espera de que los problemas se solucionaran solitos, el archifamoso tancredismo de Rajoy, no hubiera sido un plan acertado. Apretó las mandíbulas el PP y empezó a soltar bravuconadas y a lanzar invectivas a diestro y siniestro, sin mesura alguna, porque este chico de Aznar, menos fiero de lo que (se) pinta, se agarró a este clavo ardiendo. Atacar para no ser devorado.

Miles y miles de kilómetros recorrió con su baúl por España repleto de ideas de la antigua derecha para demostrar que de cobarde nada, que los genes de los buenos conservadores habían irrumpido de nuevo en la cúpula de Génova.

La losa de la corrupción pesaba toneladas, cierto, y de hecho le costó el pescuezo a Rajoy, pero también decisiones incomprensibles para muchos dirigentes de toda la vida, como ningunear a muchos de ellos para colocar en las primeras posiciones de las parrillas de salida de algunas provincias a periodistas o, incluso, al padre de una niña asesinada por el mero hecho de ser caras conocidas.

Aun así, incluso con esos errores, la cruz de Casado ha estado en la atomización del voto del centroderecha. El plan pergeñado en su día en los laboratorios del PP para limar fuerzas al PSOE a través de Podemos ha sido devuelto por la izquierda al disgregar a los liberales y conservadores no en dos patas, sino en tres. De un PP firme y granítico con Rajoy, que incluso aguantó el mal resultado electoral en 2015 para mejorarlo en 2016, se pasa a un PP deslavazado, separado porque ya no es el único valor del centroderecha, que hoy ha pasado de una a trina. No obstante, este revés electoral tiene que hacer reflexionar mucho a Casado. O dimitir para que otro busque las fórmulas para hacer mella al socialismo, porque mientras dure la descomposición de la derecha, quedará PSOE y Pedro Sánchez para rato.

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