Políticos

Jesús Maeso De La Torre

17 de mayo 2011 - 09:37

EN la antigua Atenas existía una medida excepcional de precaución política para protegerse de ciudadanos cuya ambición o indignidad eran consideradas peligrosas para la democracia. Se la conocía con el nombre de ostracismo, palabra derivada de ostrakón -teja, o concha- sobre la que los atenienses escribían su sufragio secreto, señalando con el dedo acusador al gobernante sospechoso de corrupción o ineficacia en su puesto de responsabilidad. El castigo para el gobernante indigno de seguir en el cargo, consistía en un destierro de diez años de la ciudad estado; y lo sufrieron personajes tan eminentes como Hiparco, Arístides, Temístocles - el vencedor de Salamina- o Cimón, en otro tiempo benefactores de la Ciudad Estado. Y es que decididamente el poder pervierte.

Hoy, en las urnas, poseemos nuestro particular ostracismo. Usémoslo sin cortapisas. Es nuestro instrumento para librarnos de tanto arribista que nos cree perfectos idiotas, de tanto incompetente que se tacha de socialdemócrata, o de tanto clasista que se dice popular. En nuestro país, una parte de la clase política está en entredicho por casos escandalosos. Téngase presentes los ERES, GÜRTEL, financiaciones irregulares de partidos, privilegios a burócratas de partido, nepotismo, liberados sindicales, pícaros estafadores, complicidad vergonzosa con los especuladores financieros, o enjuagues deshonestos, siempre en contra de los intereses de los más débiles.

Recuerdo una visita a Londres donde presentaba una de mis novelas. Asistí con mi editor el canódromo de Waltham Forest y observé a un señor, que sentado en un velador de la cafetería, atendía a una cola de ciudadanos. Pregunté, creyendo que fuera un corredor de apuestas, y me informaron que se trataba del diputado del distrito, quien dos veces a la semana atendía a sus electores; y apostilló mi acompañante: "Y si no responde, y no es eficaz e incorruptible, sale de la lista, y pasa el siguiente". Algo así como un "ostracismo griego a la inglesa". No me pareció un hombre que gozara de privilegios-como en nuestro país-, sino un servidor de la comunidad. Y sentí envidia del sistema político británico. Claro que nos llevan ocho siglos de práctica desde que obligaran firmar la Carta Magna al rey Juan Sin Tierra.

La quimera del respeto democrático en España ha durado apenas dos décadas. Ahora los adversarios de ideas políticas se tienen por furibundos enemigos, cuando no se tachan de desleales traidores, regalándose descalificaciones barriobajeras y apelativos de arrabal que nos llegan a sonrojar. A estos desorientados padres de la patria que sufrimos a veces, se le han olvidado que precisamente la pluralidad de ideas, la tolerancia y el respeto al contrincante, son los que hacen grande a una nación y respetada a una democracia.

Los estadistas y líderes políticos españoles -que brillan por su ausencia en estos años- están desacreditados en una buena parte. Eso es una verdad innegable y no se puede generalizar, pues también los hay honestos y valiosos. Pero, ¿basta con pertenecer a una determinada formación ideológica para figurar en una candidatura electoral? ¿No precisan de un examen previo de aptitud que desvele sus incapacidades y carencias de formación? Algunos harían las delicias para la sutil sátira de Quevedo, martillo de dirigentes ineptos. Echo en falta al político austero como Gutiérrez Mellado, sutil como Maura, discreto como Sagasta, noble como Alcalá Zamora, estadista como Azaña, o elocuente como Castelar. Sería muy necesario que nuestros mandatarios leyeran antes de figurar en una lista El Cortesano de Castiglione, El Político de Azorín, o a Maquiavelo, y también un buen texto de la Historia de España- sobre todo catalanes y vascos-, y quizá se vuelvan más ilustrados, más benéficos, más demócratas y más compasivos.

Ahora precisamos como nunca de gobernantes de talla, eficaces, preparados y responsables, y no de leguleyos mediocres y oportunistas prepotentes y endiosados, a quienes sólo importa prosperar en sus partidos, y no el bien común, la transparencia en su gestión y la participación ciudadana en sus actuaciones. Sólo se trata de acreditar dignidad, honradez y decencia política. A veces me da la impresión, cuando los oigo prometer, hablar y desenvolverse ante la colectividad votante, que nos mantienen secuestrados, que debemos rendirles pleitesía por ser quienes son, cuando lo que son se lo deben a la voluntad popular. Y es que muchos integrantes de la clase política no comprenden la esencia de la democracia y habría que aplicarles el ostracismo fulminante.

Nuestros Parlamentos se asemejan a menudo a un corral de agravios perpetuos, suspicacias vigilantes, insultos y afrentas, cuando el consenso, la palabra persuasiva y a la búsqueda del provecho de la comunidad, debían ser sus únicos empeños. Qué escuela para generaciones futuras. Resulta inexcusable recuperar la conciliación política de la transición, ejemplo de sutileza política por el que nos admiraron en el mundo. Y aunque es exigencia de todos, lo es primero de los políticos, que están obligados a mantener incólume el tambaleante concepto de Nación, como manifestación en paz de individuos libres, que es nuestro bien más preciado.

La ciudadanía exige que la vida pública esté regida por los principios democráticos, la responsabilidad en sus compromisos, respeto y tolerancia en sus mensajes y sensibilidad hacia los grandes problemas que nos acucian.

Maeztu aseguraba que España es una sinfonía inacabada. Pues concluyámosla de una vez, o no se consolidará jamás el Estado de Derecho. Y no lo hará hasta que no desaparezcan de nuestra vida política las palabras corrupción, partidismo a ultranza y políticos oportunistas.

Los gobiernos cambian, las elecciones pasan. Que los políticos de maltrecha reputación no permanezcan por más tiempo en nuestro sistema público. Los votantes tememos que luego se olviden de nosotros y que después sólo se sometan a quienes los han emplazado en las listas electorales.

Ya se lo manifestó en un congreso del partido Conservador inglés a su compañero de comicios sir Robert Peel, el gran primer ministro Benjamín Disraeli, descendiente por cierto de judíos españoles sefarditas: "Al diablo con vuestros principios personales, sir Robert. Atended a los intereses de nuestro partido y sólo así ganaremos las elecciones". Pues ya ven, esto viene de antiguo. Miedo me da.

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