Los hijos de la 'generación del cambio' ¿votan cambio?

No son 'nuevos' contra 'viejos'; es falta de liderazgo, de carisma, de talento y de esfuerzo Se está definiendo un movimiento de voto a la defensiva: el voto útil y el voto en contra

Militantes socialistas, en el histórico cambio del 82.
Militantes socialistas, en el histórico cambio del 82.
Magdalena Trillo

14 de diciembre 2015 - 06:00

SI yo tuviera hoy la edad de mi hijo votaría a Podemos". Son palabras de un histórico socialista andaluz. Uno de los jóvenes de look barbudo, patillas y pantalones de campana que en los 80 imprimieron su sed de independencia en su forma de vestir, uno de los españoles que contribuyeron a la ola de cambio que lideró Felipe González construyendo una España sin himnos, sin grises y sin caspa, un político que ha sido de todo en el partido y que ahora puede permitirse el lujo de decir lo que piensa.

Me lo confesaba hace unos meses cuando, pensando ya en el horizonte del 20-D, Granada vivía un momento histórico de relevo generacional. Y de género: por primera vez en cinco siglos de historia, una mujer -joven- asumía el Rectorado de la Universidad.

Si entendemos la historia política como un proceso natural de transmisión de poder, y casi nunca marcado por la "generosidad" de quienes tienen las riendas del poder, podríamos deducir que lo que se está desatando en las elecciones del 20-D es un claro momento de lucha entre la gerontocracia y la efebocracia. El legítimo derecho de unos a mantener sus conquistas (¿posición y privilegios?) frente al legítimo derecho de otros de asaltar los cielos.

El ensayista Iván de la Nuez analiza el conflicto generacional desde las dos perspectivas. Por un lado, y en tono cínico, recuerda cómo Anthony Burgess irrumpe en el debate con un provocador "los conflictos generacionales son un invento de los viejos para joder a los jóvenes" y, por otro, recurre a uno de los clásicos, a Antonio Gramsci, con aquel "después de mí, el diluvio" con que el pensador italiano simboliza la firmeza con que los viejos prefieren el "apocalipsis" antes de verse ante el abismo de perder el poder.

Desde la antigua Grecia se habla del poder en términos de traspaso generacional. Del cambio tranquilo que se produce cuando la "vieja generación" actúa verdaderamente de guía, educa a los jóvenes, marca el camino y ocupa un papel de liderazgo. Y también de ruptura, que se produce cuando los jóvenes viven momentos de rebelión porque desaparecen los referentes, porque no ven en las viejas estructuras una respuesta a las nuevas exigencias. Porque no hay un cambio definido por el que votar.

Si analizamos el escenario de partidos que se ha consolidado en España desde las europeas de hace un año, una primera lectura podría llevarnos a ver un conflicto generacional entre PP y PSOE y Ciudadanos y Podemos; entre quienes se han repartido el poder durante tres largas décadas de democracia y quienes están dispuestos a empezar una "segunda transición". Si es verdad que los hijos de los militantes del PP están llenando los mítines de Albert Rivera y los hijos de los socialistas se sienten podemitas, no podría más que verse un momento de quiebra y conflicto -no de relevo- y deberíamos preguntar por qué los grandes partidos -con sus potentes resortes y sus omnipotentes aparatos- han perdido a las nuevas generaciones en sus bases.

La magnitud del cambio que estamos viviendo, en una sociedad líquida e imprevisible en la que ha quedado en entredicho el papel de todos los actores que han mantenido en pie la casa democrática, quedarnos con una explicación de efebocracia versus gerontocracia no resulta menos viejo que lo que se critica. La juventud siempre ha sido sinónimo de vigor, de fuerza y de vitalidad pero también de fugacidad y no necesariamente de poder; la madurez se tiende a identificar más con la experiencia, la sensatez y, aquí sí, el poder, pero también hay riesgos de paternalismo, conformismo y apatía.

Les propongo un escenario atrevido: ¿ganaría hoy en España unas elecciones el rey Juan Carlos si se presentara? ¿Y su hijo Felipe? ¿Las ganaría Felipe González con sus canas y su carisma? ¿José María Aznar con su populismo?

A lo largo del siglo XX, el liderazgo político se ha entendido desde múltiples perspectivas y en todas ellas hay un elemento en común, la capacidad final de influir. Pero no ocurre igual con otra idea comúnmente asentada sobre el perfil del líder: el carisma. La actual sociedad mediática, de personalismo y simplificación de mensajes también ha creado una nueva figura: el "liderazgo transaccional". El líder que gestiona bien, es eficaz y da estabilidad en los momentos clave. El carisma, como ya escribió Weber, nos habla del lado emocional, de los ojos que encienden a un auditorio, y el líder transaccional se fundamentaría en la racionalidad.

Pero, probablemente, también este acercamiento lo tengamos que dar hoy por superado. Lo realmente inédito de estas elecciones es que ni son realmente una cuestión de viejos y nuevos, ni de conflicto generacional y ni siquiera de carisma. No hay liderazgo, tampoco mediático, y no vamos a ir a votar en positivo sino a la defensiva: el voto útil y el voto en contra. La generación del cambio votará "cambio" pero sin tener qué cambiará. Ni siquiera parece que podamos conformarnos con la triste (pero efectiva) meritocracia. Y no sería demasiado pedir: talento y esfuerzo.

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