Nueve Sevillas | Festival de cine de Sevilla Intelectualizar la alegría

Un caballo blanco esperando el 31, en una imagen de 'Nueve Sevillas'. Un caballo blanco esperando el 31, en una imagen de 'Nueve Sevillas'.

Un caballo blanco esperando el 31, en una imagen de 'Nueve Sevillas'.

Firmada a dos manos entre Gonzalo García Pelayo y Pedro G. Romero, o lo que es lo mismo, entre el autor de aquella deslumbrante y libre Vivir en Sevilla (1978) y quien fuera y sigue siendo su gran valedor crítico, Nueve Sevillas no es tanto una película de García Pelayo y Romero como una película de Romero contra otra de García Pelayo. Y no al revés. Me explico.

Se celebra aquí una relectura o un regreso sobre aquel título seminal en la Sevilla de hoy y con el flamenco, los paseos a dos y un particular y simbólico animalario como ejes vertebradores y trayectorias de una suerte de genealogía teórico-conceptual de este arte inmaterial bajo la mirada cruzada entre el pasado y el presente, entre los gestos, modos y tipos de aquella ciudad y aquella película de finales de los 70 y esta otra por la que han pasado la segunda modernización, la Expo 92 y sus resacas correspondientes. 

García Pelayo sale al encuentro de sus lugares perdidos (el barrio de los Remedios, el club Dom Pelayo, el puente de San Telmo…) acompañado de su fiel hermano Javier, y juntos o por separado recorren barrios, plazas, calles y descampados de la Sevilla eterna y de esa otra de arrabal donde aún perviven ciertos mitos del flamenco o habitan raros, asimilados e inclasificables tan caros a su universo.

Por otro lado, el veterano Ortiz Nuevo pasea su locuaz magisterio arrastrando un buey y explicando a las jóvenes promesas y otros personajes y personajillos que esto del flamenco es cosa antigua, mestiza, híbrida, de ida y vuelta, de gitanos y payos, de pobres y ricos, etc. Así se repiten los encuentros, paseos y conversaciones con mayor o menor interés, gracia u hondura, salpicados por esos letreros en fondo azul que puntean la teoría esbozada, la cita culta o popular, como eco de aquel primer filme.

Entre unos y otros, irrumpe poco a poco la mano conceptual de la heterodoxia posmoderna y desmitificadora, ese nuevo flamenco empoderado y (auto)crítico sometido a una torsión intelectualizada y política que ha hecho de artistas como Israel Galván o El Niño de Elche carne de nuevas relecturas y reinterpretaciones que mantienen vivo y agitado el viejo y necesario debate entre puristas y modernos.

La culminación de todo ello, vaguísimo eco ya del original, llegará con un discurso doblemente empoderado desde la raza gitana y el feminismo militante, un discurso que parece buscar su convicción más en la vehemencia de su alocución que en sus argumentos anti-sistema de impugnación a la totalidad. Para entonces, dos horas y media largas después, Nueve Sevillas ha perdido ya el fuelle y el rumbo el múltiples direcciones y callejones sin salida, desorientada entre los corrillos de las Tres Mil, las mujeres del Vacie, el lenguaje insustancial de los compadres y la noche palmera para turistas, imprecisa en su caminar nocturno y ebrio entre Triana, Santa Justa, la calle Feria y el Pumarejo, espesa en el discurrir teórico de algunos protagonistas, dispersa y algo postiza en sus acercamientos musicales y escénicos a Alfredo Lagos, Inés Bacán, Rocío Márquez, Raúl Cantizano, Leonor Leal, Tomás de Perrate, Rocío Molina o la estelar Rosalía, figuras algunas cuya presencia aquí no deja de parecer un secuestro momentáneo de sus obligaciones con la Bienal de 2018.

Se diría que en esta Nueve Sevillas el crítico ha engullido y convencido al artista, domesticando aquella alegría en un formato ensayístico y frío de lo que antes fue o pareció espontáneo, auténtico, cálido, irregular, lúbrico, desbordado incluso en su condición autoconsciente. Desconozco si este resultado es fruto de una voluntad conjunta de hacer explícita la colisión y las voces o si el gesto aspira a poner un orden, un orden enciclopédico y culto, crítico y político, en las ideas fulgurantes y los tanteos gozosos del viejo maestro. Sea como fuere, da la sensación de que hay aquí dos películas luchando una contra otra y, a la postre, una doble derrota.   

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