Balance | Festival de cine de Sevilla Un festival en tiempos de pandemia

  • Un palmarés sensato reconoce a las tres mejores películas de la sección oficial en un festival que se ha abierto paso a pesar de la incertidumbre y que debería reflexionar sobre su modelo de futuro en tiempos de crisis. 

A excepción de la española Karen y la búlgara February, que tal vez hubieran merecido algún premio o mención en la pedrea, el palmarés de este accidentado y para algunos épico SEFF 2020 se nos antoja de una rotunda sensatez. Y es que no había en la sección oficial tres películas más sólidas e importantes que la rumana Malmkrog, de Cristi Puiu, la española El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, y la alemana Ondina, de Christian Petzold, tres títulos que sin duda quedarán de un año aciago para el cine, los distribuidores, las salas y los festivales.

La monumentalidad de Malmkrog viene a confirmar la sintonía del mejor cine europeo con la mirada al pasado para comprender el presente, y todo ello bajo unas formas, una precisión y unas interpretaciones que, con todo el respeto a la veterana Petra Martínez e incluso al joven Alsény Bathily, son en su conjunto las mejores que se han visto por aquí de largo: actores de verdad enfrentados al tiempo, a un texto difícil y a una coreografía que pone a prueba a los verdaderos valientes. El premio a la fotografía para Notturno no deja de ser la constatación de un pequeño fracaso, donde cierto embellecimiento termina por anestesiar un poco la dimensión humanista del documental de Rosi.

A los premios de otras categorías nos resulta difícil ponerlos en perspectiva porque no hemos podido ver de ellas más que algunos títulos, pero parece que el reconocimiento a Nueve Sevillas y Petite fille en Las Nuevas Olas No Ficción hace pensar en un nivel por debajo de la excelencia. Como escribimos hoy mismo, Pa’trás ni pa’tomar impulso ha sido una grata sorpresa, y Nación, el documental de Margarita Ledo, también nos interesa mucho en su diálogo con El año del descubrimiento para confirmar que la mirada reivindicativa tiene muchos formatos posibles para resarcir a la clase trabajadora, reescribir la historia oficial y repensar el presente.   

Se cierra así con acierto del jurado una edición que se mantuvo en el filo de la navaja en su primer fin de semana para acabar desarrollándose con una sorprendente normalidad adelgazada (de público, que no de títulos, nunca aprenderán la lección) y semi-virtual en sus siguientes jornadas. Si bien la apuesta presencial ha sido de alto riesgo y ha generado demasiadas incertidumbres y ansiedades, posiblemente más entre sus organizadores que entre el abnegado y siempre dócil público local, la edición 2020 se recordará tal vez como el último gran pulso del viejo modelo de festival, al que su dirección se aferra como a un clavo ardiendo, a la inminente coyuntura digital o mixta a la que parece abocado el sector a poco que las instituciones públicas no tomen cartas en el asunto y regulen su excepcionalidad cultural ante las todopoderosas e impunes plataformas y otras pandemias.