La caja negra

España, ¿tercer mundo?

  • Como en el título del libro sobre Andalucía de Antonio Burgos de 1971, cabe hoy preguntarse al ver los telediarios si hemos regresado a un país con problemas de otro tiempo

Un conductor de autobús con mascarilla Un conductor de autobús con mascarilla

Un conductor de autobús con mascarilla / Juan Carlos Vázquez (Sevilla)

Militares que se encuentran con ancianos muertos desde hace más de 48 horas en las residencias donde todavía hay mayores vivos. Farmacias sin mascarillas desde hace quince días. Españoles que no pueden volver a su país. Una capital con la sanidad colapsada, con pasillos y unidades de cuidados intensivos que ofrecen una imagen dantesca. Cadáveres tienen que ser trasladados al Palacio del Hielo para garantizar su conservación hasta que puedan ser incinerados. El cementerio de Madrid saturado. Jubilados y estudiantes que son reclutados con urgencia para trabajar. Muertos que no tienen nadie que los vele como en los relatos de las pestes de otros siglos. El gobierno autonómico andaluz llamando a filas a los liberados sindicales de la sanidad que se quieran incorporar al trabajo voluntariamente.

¿Cuándo se nos jodió el estado del bienestar? Vivíamos en el mundo desarrollado hasta que todo se derrumbó. De pronto los telediarios ofrecen imágenes e informaciones de un país que pareciera del Tercer Mundo, una nación en la que no ha hecho falta ni una semana para que todo se vaya al traste, donde la solidaridad y el voluntarismo suplen la falta de personal y material. No éramos tan fuertes, ni estábamos sobrados. Instituciones como el Ateneo o congregaciones como las monjas de San Leandro de Sevilla se afanan en hacer mascarillas y batas para personal sanitario. Evocan las imágenes del noticiario del franquismo que daba cuenta de las mujeres de la sección femenina que hacían chalecos para los voluntarios de la División Azul.

La política siempre está presente. Una buena prueba estos días es la decisión del Gobierno andaluz de dejar en evidencia a los sindicalistas liberados. Se trata de un astuto movimiento de alfil que se come a la reina cuando menos se espera. Por mucho que se reitere que se trata de una convocatoria voluntaria, no deja de ser una jugada hábil para poner el foco en un colectivo cuestionado. No falta, por supuesto, quienes no desean ser atendidos por liberados que llevan años alejados del ejercicio de la Medicina.

Está claro que en el Palacio de San Telmo siguen procurando ir por delante del Gobierno de España, continúan tratando de que el Ejecutivo andaluz marque una agenda propia. En el caso de ayer comparecieron el consejero de Presidencia, Elías Bendodo, con una tos disimulada a base de carraspeo y agua, y el consejero de Salud, Jesús Aguirre, que abusa de las muletillas de los niveles. “A nivel de hospitales”. “A nivel de UCI”. MonseñorAguirre es todo un personaje que convierte sus intervenciones en la consulta del médico de familia que es. Usa un lenguaje sencillo de galeno de pueblo de la posguerra.

En Sevilla empeoran los números de acuerdo con la anunciada peor semana de la crisis. La gente corre a las azoteas para recoger la ropa tendida en cuanto caen cuatro gotas. Se saludan de un edificio a otro.

Los farmacéuticos avisan de un problema que tienen los trabajadores: el retorno a casa en horario nocturno y en condiciones de inseguridad. Hay cadenas de supermercados que adelantan el cierre a las siete de la tarde, pero las boticas y otros establecimiento de alimentación terminan la faena más tarde. Por las calles no hay un alma en estas noches de coronavirus.

Los mercados tradicionales se están resintiendo. La gente quiere hacer la compra de una vez, todo en el mismo sitio. Las plazas de abasto exigen quizás una compra más pausada, con más paradas en diferentes puestos. Veremos cómo salen de esta crisis las plazas de abasto, donde lo mejor era comprobar la calidad de la mercancía de forma directa. Ahora hay que guardar esa distancia marcada por una línea que es una suerte de raya de picadores para el consumidor.

“Esto lleva camino de ser un confinamiento de dos meses”, dice un dirigente público de Sevilla que se basa en la experiencia de otros países. Hay pequeños arrendatarios que eximen a sus inquilinos de la cuota del pago este mes, gestos con el corazón para un tiempo de sufrimiento, para una nación en la que los expedientes de regulación temporal de empleo son ya miles.

Los Juegos Olímpicos de Tokyo caen. Como cayeron las fiestas en Andalucía. En Sevilla la siguiente en caer será el Corpus. ¿Y la Velá de Santa Ana? Si hay cucaña este año será ya un éxito.

Los padres de los erasmus españoles en Italia viven su particular amargura. Algunos se convencen de que es mucho mejor que los veinteañeros se queden confinados que meterlos en un ferry hacinados hasta Barcelona, pasar por varios controles médicos y después organizar el viaje a Sevilla. Mejor todos quietos en la confianza de que la situación mejore en el país transalpino si es es verdad que ya se ha alcanzado el pico. El padre de un estudiante cordobés en Roma denuncia directamente que las instituciones españolas han abandonado a su hijo.

En la residencia de San Juan de la Palma muere un anciano en los días que tendría que estar ya alzándose el palio de la Amargura frente al paso de misterio con los ‘fantasmas’ recién llegado del almacén. Pero de pronto hay momentos parece que vivimos en el Tercer Mundo.

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