La caja negra

El dinero tirado

  • El sevillano que acude al Museo Marino de Matalascañas se topa con los efectos de aquella crisis económica que la sociedad parece ya haber olvidado

El pavimento destrozado en el antiguo acceso principal El pavimento destrozado en el antiguo acceso principal

El pavimento destrozado en el antiguo acceso principal / Juan Carlos Vázquez (Matalascañas (Huelva))

HAY resacas interminables que se anclan en la memoria y no se olvidan, que dejan señales que desafían el paso del tiempo. Hay resacas de las que no se aprende por mucho que hayan obligado a guardar reposo durante largo tiempo. El hombre tropieza una y otra vez, padece resacas una y otra vez, se duele de los mismos síntomas una y otra vez. Oímos los cantos de sirena de un futuro museo de la Semana Santa cuando en esta Andalucía (gitana, mujer morena) todavía perduran las señales del dinero tirado en los años de vino y rosas, de almuerzos de constructores con largas sobremesas en Jaylu, de alcaldes y alcalditos queriendo pasar a las posteridad con sus particulares pirámides en forma de proyectos supuestamente innovadores.

La placa que recuerda la inversión de fondos europeos La placa que recuerda la inversión de fondos europeos

La placa que recuerda la inversión de fondos europeos / Juan Carlos Vázquez (Matalascañas (Huelva))

Acude usted a visitar el Museo Marino de Matalascañas –la playa que un tiempo fue considerada de Sevilla, pero que ahora es la de ciertos pueblos de Huelva– y se topa con estampas sonrojantes. Para asistir a un espanto no hace falta que entre usted en el horror del pueblo, que este verano ha estrenado una plaza reurbanizada con luces propias de un club de citas (sin estacionamiento discreto). Basta con aparcar junto al edificio que acogió el museo hasta hace siete años, darse un paseo y buscar una piedra en la que llorar como aquel alcalde de Sevilla, el mismo que hoy, por cierto, podría sentarse en un velador de la Puerta Real, convertida en una chabola de mesas y sillas de diferentes colores.

Destrozos en la cartelería Destrozos en la cartelería

Destrozos en la cartelería / Juan Carlos Vázquez (Matalascañas (Huelva))

El museo de marras costó seis millones de euros. Se emplearon fondos europeos, de esos con los que nos han regado durante años y que no nos terminan nunca de sacar del furgón de cola en las clasificaciones sobre las regiones del viejo continente. El edificio está abandonado, las instalaciones destrozadas, la cartelería pareciera la propia de un barrio bombardeado. Todo lo que era sólido, que diría el título de Muñoz Molina. Ya era raro que alguien montara un museo en Matalascañas que no fuera sobre la chancla, el ceceo o el griterío. Pero se atrevieron con el proyecto como en su día alguien ideó una playa de lujo, de público selecto, contadas edificaciones y restaurantes con servilletas de tela. Lo de Matalascañas y un museo es como aquella señorona que presumía de ser de la jet de Almería. Oiga, una de dos. Ose es de la jet o se es de la bella Almería.

Una embarcación abandonada y restos de suciedad Una embarcación abandonada y restos de suciedad

Una embarcación abandonada y restos de suciedad / Juan Carlos Vázquez (Matalascañas (Huelva))

En Matalascañas se cae todo lo que no sean coquinas y sardinas, como en Sevilla es difícil arraigar un negocio que no sea un bar. La letra con sangre entra, decía el iluso. El interés por los museos con dinero europeo se genera, pensaron algunos. ¿Alguien ha presenciado una manifestación por el cierre del museo? ¿Algún artículo de opinión de un erudito sobre la desaparición de esta infraestructura cultural? Solo alguna información para dar cuenta del vergonzoso estado de abandono.

El Museo del Mundo Marino es un símbolo de aquellos años donde todo el mundo tuvo segunda residencia, los bancos daban créditos para el piso de la playa y un micropréstamo para renovar los muebles de la vivienda de Sevilla, las bodas eras ceremonias decadentes con viajes de novios interminables que las agencias financiaban en comodísimos plazos. “¿Acaso no se merece usted y su familia lo mejor?”, rezaba la sugerente voz que instaba al cabeza de familia a no privar de nada a su prole. ¿Y los municipios? Todos con museos, polideportivos y centros de interpretación de la torta de aceite o del pestiño. ¡Dinero, dinero! ¿Y las capitales? Cada una con un manojo de universidades, plazas renovadas con los criterios de un urbanismo duro, cateto y con los terribles elementos de acero chorreado. ¡Que no falten!

Nadie se libró de aquel frenesí del que perdurarán las huellas. Todavía vemos los restos de una gestión negligente, aún sufrimos la cefalea de una terrible resaca, cuando alguien ya promete nuevas infraestructuras megalómanas. Está visto que siempre hay un necio que recomienda beber una cerveza tras una noche de excesos. No aprendemos. Otra de coquinas, paga Europa.

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