¡Miren mejor hacia abajo al pasar por la Plaza de Pilatos!

La Caja Negra

Son tiempos para disfrutar con los nuevos firmes de adoquines y no sufrir con la transformación de las alturas

Sevilla sin AVE, Sevilla con taxis

Las nuevas dos Sevillas

El remonte apreciable desde la Plaza de Pilatos.
El remonte apreciable desde la Plaza de Pilatos. / M. G.

Es una maravilla mirar hacia abajo en los paseos por la ciudad. Se evitan los baches, los agujeros y las imperfecciones del firme, se saluda a menos agradaores y, sobre todo, se disfrutan de los adoquines de Gerena que ha colocado la Gerencia de Urbanismo que dirigen los señores De la Rosa y Vázquez, que parecen el título de una consultoría de postín del Barrio de Salamanca de Madrid, donde son fieles al PP al cien por cien, no como en Los Remedios, donde le quieren mover la silla al delegado Manuel Alés, pero la tiene bien atornillada. De la Rosa y Vázquez, que cada día cuidan de los gatos de la Gerencia (los de cuatro patas que maúllan por los alrededores de las caracolas), han colocado adoquines de Gerena en varias calles del centro en sustitución de las capas de alquitrán, aquella marea negra que estudió Manuel Marchena en sus tiempos de virrey y mandó hacer un mapa para tenerla localizada para afrontar su sustitución. Qué belleza de adoquines en la Cuesta del Rosario o en las calles Santa Ángela de la Cruz y Castillo Lastrucci. Los adoquines, además, no resbalan en estos días de lluvia.Se camina siempre seguro por ellos, como penitentes sacados de una foto de Luis Arenas. Miremos hacia abajo como niños tímidos, disfrutemos de ese firme recuperado. Hay lugares preciosos, llamados a formar parte del catálogo de la Sevilla con encanto, que parecen condenados al feísmo. ¿Se han fijado en la Plaza de Pilatos? No hay un enclave con tantos reclamos de belleza que se empeñen en estropear entre unos y otros. Y no será culpa de ningún bar, ni de ninguna terraza de veladores, porque no hay una sola taberna en la plaza. No, no se le puede reprochar nada a ningún hostelero ni a ninguna clientela maleducada.

Hay que rogar a De la Rosa y Vázquez que se den un paseo por la plaza cuando vayan de La Trastienda de la calle Alfalfa hacia Recaredo para que comprueben la ristra de cachivaches que afean la plaza: aparcamiento de bicicletas, rótulos de diversos tamaños, señales con y sin fluorescentes, pivotes. Un verdadero horror junto a la Casa de Pilatos, ejemplo y modelo de conservación, entre los monumentos más visitados de la ciudad, que solo hay que ver las colas de turistas cada día. Pero aún hay algo peor. Si De la Rosa y Vázquez pasean en sentido contrario, desde la barra de Becerrita hacia la Alfalfa, se llevan el premio gordo: una construcción que se asoma por la calle Águilas. Se suma a la lista de los mamotretos en altura, como los recientemente levantados en Sierpes, la Avenida o Cabeza del Rey Don Pedro, por citar algunos ejemplos. Y ojo porque nadie dice que no tengan licencias, pero sí recordamos que no todo lo autorizado es estético.Y el centro de la ciudad siempre debe estar sometido al máximo cuidado. En cualquier caso no pasará nada, porque Sevilla asume con una facilidad insólita las barbaridades, las hacemos nuestras con rapidez, las acogemos, nos acostumbramos y nos olvidamos de que suponen un horror. Así sufrimos menos. Como dice Rajoy:“En la vida es mejor enfadarse poco, sobre todo porque no sirve para nada bueno”.

Por fortuna, el suelo nos está dando más alegrías últimamente que el cielo. Debe ser cierto que Sevilla está hoy mejor que en los años ochenta. Más cuidada y observada (sobre todo por el muy necesario frente conservacionista), con más edificios rehabilitados y con un centro con más vida y con algunas de sus principales vías peatonalizadas. ¿Pero cuál es el precio? Las casas no se recuperan para acoger vecinos que den el alma deseada y que repercuta en un comercio propio y en unos usos también propios, sino para el negocio turístico. El centro vivo es una realidad palmaria. Hay un adiós definitivo a aquellos años en que Sierpes o Santa Cruz eran verdaderas bocas de lobo a la caída de la tarde. Pero ha sido a costa de convertir el centro en un parque temático. Ahora hay más residentes que nunca, pero es una suerte de trampantojo. Los propietarios no hacen vida, sino negocio. Hay menos vecinos y más transeúntes. Los sevillanos se marchan poco a poco, como ocurre con los venecianos en Venecia. Solo hay que ver la evolución de la cifra de vecinos en la ciudad italiana. Está ya por debajo de los 50.000 habitantes.

Sevilla se ha entregado a un modelo concreto de evolución que prima la actividad económica basada en un solo pilar (el turismo) en detrimento de otras posibles vías de crecimiento. No ha sido un modelo por elección, sino por inercia. ¡Es lo que hay! Se puede afirmar que es un modelo impuesto por las circunstancias.

En la Plaza de Pilatos se aprecia que la degradación tiene unas causas en unas calles y plazas (peatonalizaciones de efectos perversos)y otras diferentes en otras (falta del cuidado estético). Convendrá sacar la parte positiva, aceptar la ganancia de un modelo no deseado, comprender que es el precio que se paga por sobrevivir. Ganamos en unas parcelas, perdemos en otras. Parecemos condenados a la transformación lenta e implacable del centro y a la renuncia del equilibrio deseado. Si queremos vida tiene que ser a costa del alma.Si queremos renovación, a costa de cambios en el patrimonio histórico.

Tenemos peores cielos, pero mejores suelos. Bienvenida la apuesta por los adoquines, sobre todo cuando se colocan bien a la primera. Miremos hacia abajo, se sufre menos. Sobre todo en la Plaza de Pilatos, donde la mirada de bronce de Zurbarán escruta horrores que, al menos, son reversibles.

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