Daniel Oyarzábal | Músico "Soy músico gracias a la radio"

  • Acompañado por los percusionistas Juanjo Guillem y Joan Castelló, el organista vitoriano Daniel Oyarzábal lleva al disco su proyecto de música sinfónica transcrita para el órgano

Daniel Oyarzábal (Vitoria, 1972) ha grabado el disco en la Catedral de León. Daniel Oyarzábal (Vitoria, 1972) ha grabado el disco en la Catedral de León.

Daniel Oyarzábal (Vitoria, 1972) ha grabado el disco en la Catedral de León. / Tommaso Tuzj

La curiosidad insaciable, la pasión y la inquietud mueven la vida de Daniel Oyarzábal (Vitoria, 1972) que ha llevado al disco algunas de las más conocidas páginas orquestales de la historia en transcripciones propias para el órgano, un proyecto de toda la vida.

–¿Cuándo se le ocurrió este disco?

–Llevo más de 20 años dándole vueltas. En mi cabeza empezó en un concierto de la Orquesta de Euskadi en Vitoria cuando yo tenía 21 o 22 años. Tocaban Marte de Holst. A mí me gusta mucho la percusión. Estudié percusión y toqué en la Banda Municipal. Escuchando aquello pensé en hacer unos arreglos para órgano de Marte y otras piezas, que ya pensaría en cuáles. Quería ver cómo sonaba Marte con órgano y percusión. Y hasta que lo he hecho realidad han pasado como 25 años. Lo piensas, no tienes tiempo, te van saliendo cosas... Hace 10 años, le di otra vez una vuelta, tengo que hacerlo cuando tenga tiempo, tengo que hacerlo, y al final lo hice.

–En todas las obras, salvo en las de Bach a sus arreglos se une la percusión, ¿por qué quiso añadir esa percusión?

–Las piezas de Bach son transcripciones para el órgano, una de Marcel Dupré, y otra de un coral que hizo el propio Bach, y de hecho es una de sus obras más famosas para el órgano. ¿Por qué la percusión? Quería reunir tres de mis grandes pasiones: la percusión, la música sinfónica y el órgano. Eso es este disco. Yo toco el arreglo de toda la parte orquestal y Juanjo Guillem y Joan Castelló tocan la percusión tal y como está escrita originalmente en la partitura, a veces arreglándoselas de forma increíble, porque, por ejemplo, el Capricho español requiere en realidad seis percusionistas en la orquesta, y ellos disponen sus sets para hacerlo todo entre los dos.

"Quería hacer obras en las que la percusión aportara algo especial, le diera a la obra un toque singular"

–Me ha contado cómo y cuándo se le ocurrió hacer el arreglo de la obra de Holst, ¿y el resto del programa?

–Le di vueltas mentalmente a todo el repertorio orquestal famoso que incluyera percusión; lo conozco muy bien. Primero, no quería hacer obras desconocidas. Segundo, quería hacer obras en que la percusión aportara algo especial, le diera a la obra un toque singular. Por ejemplo, al Capricho español la percusión le da una frescura, una viveza, el bombo, las castañuelas… Yo lo he tocado como percusionista. El Bolero de Ravel sencillamente no tiene sentido sin la caja. La melodía y la caja ya es el Bolero. Si quitas la caja y haces el ritmo con otro instrumento no es lo mismo. El carnaval de los animales me ha gustado siempre, tiene ese color tan hermoso con el xilófono. Había probado ya cómo sonaba la obra en el órgano, y el Aquarium me encantaba como quedaba. De hecho iba a escoger alguna pieza más de la suite, pero no quería hacer un disco demasiado largo. El final de la obra de Mussorgski partía de la misma idea: esa combinación del bombo con el timbal... resulta espectacular la percusión ahí. La única que tiene una razón de ser algo diferente es la de Guridi, porque es mi paisano, porque yo he estudiado en el Conservatorio Jesús Guridi, y me encanta su música. El otro día estuve escuchando El caserío en la Zarzuela y es una música maravillosa. Me apetecía hacer un arreglo, fue el último que decidí de todos. Pensé en las Melodías vascas. Pero al final me decidí por el Intermedio que tiene una parte central preciosa, con la caja y los chistus, que suena muy vasca.

Bolero -Daniel Oyarzábal Bolero -Daniel Oyarzábal

Bolero -Daniel Oyarzábal

–El Bolero es en esencia un gran crescendo de casi quince minutos de duración. ¿Cómo hace para que funcione en el órgano algo así?

–En realidad, en los primeros cinco minutos no es exactamente un crescendo. En ese tiempo van cambiando los colores, sube un poco de volumen, pero es a partir de ahí cuando sí que la cosa empieza a subir de verdad. Propuse tocarla en la inauguración del órgano Klais de la catedral de León en 2013 con Joan Castelló en la caja, y los organizadores también tenían dudas sobre sus posibilidades. Pero yo ya había tocado la obra en solitario y sabía que funcionaba. Es de una fuerza descomunal en el órgano. De todos los conciertos que he dado en mi vida uno de los momentos más emocionantes fue el Bolero de Ravel en la catedral de León. En medio de la oscuridad, con el caja a mi lado, empezamos suavísimo, que casi ni se oía... Cuando acabas, el órgano tiene todavía más potencia que una orquesta, acabar en ese fortissimo después de pasar por todos los colores del órgano es algo que yo no recuerdo de ningún otro concierto. Había gente que me vino después y me decía que había llorado, otros me hablaban de catarsis total. Fue emocionantísimo. A la gente le gustan los ostinatos, porque la repetición ayuda a entender la música, el efecto va creciendo y casi al final Ravel da ese golpe maestro de irse a mi mayor, y la obra acaba de forma apoteósica. 

–Es justo ese órgano de la catedral de León el que usó para la grabación del disco, ¿qué es lo que lo hizo escogerlo?

–Yo necesitaba un órgano que respondiera con mucha velocidad. Este es de transmisión eléctrica, va con fibra óptica, como un rayo. Tiene combinadores de memoria. Si no fuera así, para grabar este disco habría necesitado dos asistentes muy buenos, todo el tiempo conmigo ahí sentaditos, con un compromiso total, una tarea muy difícil. Yo he hecho de registrador para discos de mi profesor de Ámsterdam en el grandioso órgano de Harlem y es un trabajo muy difícil, requiere una atención enorme. Así que este era un órgano con combinadores, perfecto. Además tiene colores muy bonitos, tiene incluso una flauta travesera en el tercer teclado que parece una flauta ahí puesta, un señor, un enanito tocando la flauta. Y por si eso no fuera suficiente, la acústica de la catedral de León es extraordinaria, tiene un punto de sonoridad de órgano que es perfecto. Podría haber escogido otro, pero cuando hice el Bolero me di cuenta de que era el órgano ideal, aunque aún tardé cuatro años en hacer la grabación, que no se hizo hasta finales de 2017.

–¿Detrás de este trabajo enorme está sólo este disco o se trata en realidad de un proyecto de conciertos?

–Sí, es un proyecto a largo plazo pensado para moverlo en concierto. Me han llamado de Francia, para hacerlo en un órgano enorme, que es mecánico. Se puede tocar. Pero para registrar este concierto, que tiene millones de cambios de color, en órgano con memoria necesito por los menos seis horas. Si el órgano es mecánico y tengo que apuntar cada cambio en el papel échale el doble por lo menos. Se puede hacer, pero es mucho más tiempo, más engorroso, necesitas dos asistentes, pero se puede hacer. La percusión tampoco es fácil de meter en las iglesias, así que tiene visos de funcionar mejor en los auditorios. Me llamaron de Bruselas para hacerlo en el Palacio de Bellas Artes. En el Auditorio Nacional lo hice un año antes del disco. Lo he hecho también en el Euskalduna de Bilbao y en Tenerife, los auditorios españoles importantes con órgano. Es un proyecto que en cuanto se cuenta a la gente le encanta. En un par de semanas saldrá un documental en el que se explica de qué va todo el proyecto y mi nueva web estará también lista en dos o tres semanas. Hay alguien que va a mover esto de manera internacional, porque donde va a funcionar mejor es en Alemania, Francia, Estados Unidos. Son los sitios para los que lo pensé, en España no hay tantas opciones.

Daniel Oyarzábal entre Juanjo Guillem (a su derecha) y Joan Castelló. Daniel Oyarzábal entre Juanjo Guillem (a su derecha) y Joan Castelló.

Daniel Oyarzábal entre Juanjo Guillem (a su derecha) y Joan Castelló. / Tommaso Tuzj

–Además de como organista usted colabora como clavecinista con muchos grupos de música antigua y se mete habitualmente en otros estilos. ¿Con qué faceta de su vida musical se identifica más?

–He hecho de todo… Cuando me preguntan, digo que soy músico. Cuando era pequeño la frase que más me repetían era: "El que mucho abarca poco aprieta". Yo ya hasta me reía de la de veces que me la decían en el Conservatorio. De repente estaba tocando el órgano, pero luego me gustaba mucho el piano, tenía un grupo de funky, tocaba con un grupo que hacía tangos, luego monté un grupo para hacer Bach. Y los profesores se desesperaban un poco conmigo; el de piano quería que yo estuviera al piano a tope. Pero esa no es mi manera de ser. A mí también me gustaba mucho la armonía, componer, pero el profesor de armonía quería que me dedicara solo a eso, y es que eso no va con mi carácter, no me sale. Soy una persona muy inquieta. Siempre he tocado muchas cosas, muchos estilos, pero lo cierto es que mi instrumento, al que más unido me siento es al órgano. Cuando lo descubrí, me di cuenta de que era mi instrumento.

"Soy una persona muy inquieta, he tocado muchas cosas, pero mi instrumento, al que más unido me siento es al órgano"

–¿Y desde el punto de vista puramente profesional también es al que más tiempo dedica?

–Pues también hago de todo. Por ejemplo, me gusta afinar. Me llaman para afinar. Hay gente que me conoce y cuando me ve afinando se sorprende, pero es que a mí me encanta. Me parece un trabajo fantástico. Toco luego con muchos grupos de música antigua, con el que más, La Ritirata, con el que he hecho todos los últimos discos. Hago órgano solo o con acompañantes. Hago arreglos. Toco en un grupo de tangos y en otro de jazz. Tengo muchos discos como colaborador tocando jazz, pero con otro nombre, por eso la gente no lo sabe.

–En el jazz toca el piano...

–Sí, y el Fender Rhodes, que me fascina. De hecho creo que, después del órgano, es el instrumento con el que más cómodo me siento. Hay algo en ese instrumento que puede conmigo.

–El disco lleva una dedicatoria muy cariñosa a José Luis Pérez de Arteaga. ¿Tanto le marcó la radio?

–Absolutamente. Es lo que a mí me metió en la música clásica. Creo que en buena medida soy músico gracias a la radio. Y desde luego si soy un melómano apasionado es por ella. Uno de los recuerdos más emocionantes de mi vida fue escuchar la de Beethoven en la radio. Mis padres dicen que tenía 9 años. Les pedí que me compraran todas las sinfonías de Beethoven, y me las compraron, una versión de Karajan en casete. Con 12 o 13 años yo era ya un devoto de Radio Clásica. Me conocía todos los programas, me los grababa en cinta. Y Pérez de Arteaga me hacía soñar; me encantaban sus programas. Los oía, me los grababa, los volvía a poner. Para mí ha sido un referente de la radio. Y Radio Clásica es la radio que yo más he escuchado siempre, desde pequeño. Con el tiempo empecé a encontrarme a José Luis en el Auditorio, y nos hicimos amiguetes, él me trataba con mucho cariño. Yo quería dedicarle el disco en vida. Ir y dárselo en mano. Me da mucha pena que no haya podido ser.

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