ROCÍO DE FRUTOS & SARA ÁGUEDA | CRÍTICA

De lo divino a lo humano y viceversa

Sara Águeda y Rocío de Frutos.

Sara Águeda y Rocío de Frutos. / ACTIDEA

De los corrales de comedias a los salones cortesanos, de las tablas a los altares, una misma retórica poética y musical caracterizó en el siglo XVII español la expresión de los afectos por medio de tonos o canciones. Bien fueran humanos, bien fueran divinos, encontramos en ellos el mismo lenguaje de los contrastes léxicos, el mismo retorcimiento conceptual, con el acompañamiento de similares ritmos y estructuras musicales. Así, en el programa del viernes, el texto del solo al Santísimo de Durón Fuego, fuego, agua, agua, ese juego de contraposiciones, lo encontramos también en su ópera La guerra de los gigantes, pero también en el famoso lamento de Tisbea en El burlador de Sevilla de Andrés de Claramonte.

Así quedó claro en las explicaciones y las interpretaciones de este concierto. Rocío de Frutos conoce al dedillo, como investigadora y como intérprete, este repertorio y sus claves retóricas y pocas intérpretes hay que sepan insuflarle vida a obras de una materia prima musical escueta que sólo adquiere sentido cuando se sabe revestirla con todos sus ornamentos, como ese barroco hispano que consigue un máximo ornamental con un mínimo material. La voz de la soprano sevillana es ideal para este repertorio íntimo por su recogido volumen y por su emisión natural. Pero, sobre todo, por su inteligencia a la hora de dosificar con cuidado y buen sentido expresivo los acentos y las ornamentaciones, atentas siempre a unas palabras que de su boca salen perfectamente inteligibles. En cada repetición  estrófica se podía detectar, tanto en la voz como en el arpa, una leve pero sensible variación, como ese ritardando con el que adornó la referencia a la muerte en Quién te ha dicho; o las vocalizaciones sobre “requiebros”. En un tono más festivo como Cada vez que riñen recurrió a una articulación y un fraseo más ligero, dejando la solemnidad y la expresión más dramática para los cuidadísimos recitados de la cantada de Durón. Magistral, por técnica y por emotividasd, el pianissimo con el que coronó el segundo recitado.

Sara Águeda tan bién conoce el repertorio y los recursos del arpa de dos órdenes que pudo explayarse en variaciones, ornamentos y juegos con las dinámicas en los acompañamientos, así como en el dominio de los cambios rítmicos y sus juegos en las piezas a solo, especialmente en las Jácaras de Ruíz de Ribayaz.

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