Cultura

Amy Winehouse: la muerte que exigía el relato

Indudablemente talentosa, extraordinariamente talentosa incluso, pero convertida en personaje y proyectada a la fama global por motivos totalmente ajenos a los frutos de sus virtudes musicales, Amy Winehouse protagonizó en 2011 -muy a su pesar, imaginamos, teniendo en cuenta el absurdo evidente de toda gloria póstuma-  uno de esos fenómenos de exaltación morbosa y mitomanía fulminante que jalonan la historia del pop. El 23 de julio, el rumor, que muchas veces antes se había difundido, se convirtió tristemente en realidad: la cantante británica fue hallada muerta en su domicilio de Londres, en el barrio de Camden, lo que precipitó el clímax de la arquetípica historia de éxito trágico y fondo aleccionador que había empezado a escribirse años antes.

Desde ese mismo día se dispararon las especulaciones sobre la causa de la muerte, incógnita que no se resolvería hasta tres meses después, cuando un tribunal dictaminó que aquélla se produjo "accidentalmente" -de manera "no intencionada", reiteraba su informe para negar más firmemente la hipótesis del suicidio- y a consecuencia de una ingesta de vodka demasiado severa. Suzanne Greenway, la responsable de la investigación judicial, aseguró que la cantante llevaba para entonces tres semanas sin probar la bebida o cualquier otra droga, y que precisamente  ese breve periodo de abstinencia agravó fatalmente el impacto del alcohol hasta provocar el colapso.

Winehouse tenía 27 años, un historial de excesos aireado hasta la náusea en los malvados tabloides (pero no sólo en ellos), y una escueta e irregular discografía, Frank (2003) y Back to black (2006), de los cuales uno solo, el último, más compacto y depurado que el primero, bastó para encumbrarla como la gran estrella del resurgir comercial del soul y otros parientes más o menos cercanos. En estas últimas coordenadas, en las del pop en su acepción más amplia y de fronteras porosas, cabe ubicar a la fantástica vocalista británica, en cuya poderosa y convincente garganta se advierte su gusto por Billie Holiday, Minnie Riperton, Sarah Vauhgan o Dina Washington, aunque ese poso llega filtrado por una producción -digamos- moderna y desprejuiciada que lo mismo recurre al sampler que se escora a las latitudes cálidas y sinuosas del reggae o a la burbujeante inocencia de los girls groups de los años 50 y 60.

En el fragor del docudrama que comenzó nada más conocerse la noticia de su fallecimiento, pocos se detuvieron a debatir con algo de mesura sobre el lugar que ocupó Amy Winehouse en la historia reciente de la música popular. Se decidió inmediatamente que era una nueva leyenda ingresada en el Panteón de los Mártires: punto final y a otro asunto más rentable que hablar de música; un veredicto, el de su designación como mito, que de alguna manera fue asumido -esa impresión dio- por una parte de la prensa como una relajada justificación del saqueo de cualquier despojo de intimidad de la cantante que se pusiera a tiro de la irreductible tropa amarillista.

A ello contribuyó también, claro, el éxtasis popular. No alcanzó las cotas delirantes que se registraron durante el caso Michael Jackson, pero tampoco estuvo falto de intensidad. Curiosos y admiradores de la vocalista no tardaron en peregrinar a su casa para dejar frente a ella una montaña de ramos de flores y zapatos de tacón, de cartas, fotografías y todo tipo de recuerdos, aparte de una generosa cantidad de botellas de ron y paquetes de tabaco, ofrendas como mínimo chocantes en aquellas circunstancias, por mucho que la propia artista fomentara esa imagen de caminante por el filo, de rebelde con vocación de supernova. A estas alturas resulta ya tópico, pero aun así vamos a echar mano de él: No, no, no -ya saben-, replicaba ella, encantada de mostrarse incorregible, en Rehab, la canción con la que rompió las listas de ventas, a quienes le rogaban que mirase por su salud y cambiase de hábitos.

Lo cierto es que al final sí que lo hizo, ingresó en una clínica de desintoxicación, y de hecho su padre declaró tras su muerte, desolado pero con un punto de orgullo, que en aquel momento su hija "había ganado la batalla a las drogas", con las que se automedicaba durante sus episodios depresivos porque se resistió siempre a tomar los fármacos recetados para tales casos. De nada sirvió la postrera voluntad de enmienda, en todo caso, y nunca pudo terminar ese tercer disco en el que andaba trabajando. De cualquier modo, la industria, el sello Universal en este caso, no estaba dispuesta a desaprovechar la ola emocional que provocó su prematura desaparición, y justo en las semanas previas a las Navidades sacó a la venta Lioness: Hidden Treasures, un recopilatorio con temas inéditos, remezclas, colaboraciones y tomas alternativas de canciones ya editadas que, como apuntó el compañero Blas Fernández, esconde más cálculos empresariales que los tesoros sugeridos en el título.

Como toda cultura joven, al menos comparada con otras formas de expresión, la del pop/rock está tentada continuamente a promover y expandir su propia mitología. La dinámica, un tanto naïf en muchos casos, sí, suele alcanzar el paroxismo con los finales abruptos, con esa mística del "mejor arder que consumirse lentamente". Palabras, estas últimas, extraídas de Hey, hey, my, my, una canción de Neil Young, y reproducidas en 1994 por Kurt Cobain, alma de Nirvana y apóstol de la generación grunge, en su nota de suicidio. Tenía 27 años. Los mismos que tampoco rebasaron Jimi Hendrix, Janis Joplin, el chamán de los Doors Jim Morrison o Brian Jones, el genio truncado de los Rolling Stones: el célebre y supersticioso Club de los 27, fundado a medias por la pulsión necrófila del género humano y por una industria que siempre estuvo ahí para hacer dinero.

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