Artefactum | Crítica Epicúreos sin fronteras

El conjunto Artefactum el pasado verano en las Noches del Alcázar El conjunto Artefactum el pasado verano en las Noches del Alcázar

El conjunto Artefactum el pasado verano en las Noches del Alcázar / Actidea

Veinticinco años bien valen unos brindis, una tarta, unas velas... Que un conjunto sevillano, independiente y dedicado en exclusiva a la música medieval, alcance un cuarto de siglo de vida, manteniendo además en nómina a tres de los fundadores (Álvaro, Nacho, José Manuel), tiene un mérito extraordinario. Que en ese tiempo haya conseguido no sólo un público fiel, sino ampliar la audiencia para la música de todo el período, permitiendo con ello el nacimiento de otros conjuntos en nuestro entorno, merece el aplauso y el agradecimiento de todos los que de un modo u otro se dedican al arte de los sonidos en esta ciudad.

Artefactum centró su concierto de aniversario en el vino (pero olvidó a Baco, ¿cómo es eso posible?), y para ello se movió sin ataduras entre las danzas del trecento italiano y un famoso turdión del siglo XVI, pasando por sus habituales cantigas, contrafacta, laudaspiezas trovadorescas y goliardescas e incluso un organum a dos voces del Codex Las Huelgas (¡el vino también se consagra!) y una melancólica canción de Guillaume Dufay.

Pero la melancolía resultó pasajera. Por encima de cualquier otra circunstancia, dominó el epicureísmo, el canto a los placeres sensuales y sensoriales, todo ello entre las bromas habituales y la variedad en el color, la vitalidad rítmica y un tipo de canto enraizado más en la taberna y en la calle que en la corte, algo de lo que el conjunto ha hecho su bandera en estos primeros veinticinco años de existencia. De los próximos se seguirá hablando.

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