CUARTETO ALMACLARA | CRÍTICA El vértigo ante el abismo

El Cuarteto Almaclara en su anterior concierto en el Alcázar. El Cuarteto Almaclara en su anterior concierto en el Alcázar.

El Cuarteto Almaclara en su anterior concierto en el Alcázar. / ACTIDEA

No siempre cuatro son un cuarteto. No basta con reunir a dos violines, una viola y un violonchelo, ensayar unos días y ponerse ante el público. Es menester mucho tiempo (años) de ensayos, de pruebas y errores, de puestas en común, de estudio, de discusiones y acuerdos para alcanzar un sonido unificado y una personalidad propia a partir de la cual abordar el repertorio. Máxime sin hablamos de los cuartetos de Beethoven, la columna vertebral del repertorio cuartetístico.

El Cuarteto Almaclara evidenció ser una agrupación más de circunstancias que un cuarteto estable a la vista de su falta de personalidad sonora. Evidentemente tiene mucho mérito el ponerse ante una obra tan abrumadoramente trascendental como el op. 131 y no acabar en el abismo. Pero queda mucho camino por recorrer. El sonido metálico, estridente en muchas ocasiones, del violín primero no encajaba con el resto del grupo, sobre todo con un violín segundo de sonido más aterciopelado. A la vez, el equilibrio entre las cuatro voces no siempre fue evidente, sobre todo por la falta de presencia del violonchelo en muchos pasajes. Es decir, hay que trabajar mucho más el empaste y la unificación de cuestiones como la desigual nitidez de los ataques en el pasaje sul ponticello del op. 131.

En el op. 18 nº 6 faltó una mayor atención a los contrastes dinámicos y mayor flexibilidad en los cambios rítmicos del Scherzo. Los exagerados portamenti, fuera de estilo, del violín primero descompensaron un op. 131 leído como a primera vista.

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