Orquesta Bética de Cámara | Crítica Melancolías boreales de cámara

Antonio Salguero tocando junto a la Bética. Antonio Salguero tocando junto a la Bética.

Antonio Salguero tocando junto a la Bética. / P.J.V.

La Bética pasó su cuarto concierto de la temporada pasada, previsto para abril, al último día de octubre. Se presentó con orquesta reducida (nueve cuerdas, los requerimientos originales de Falla), con enaras protectoras para los vientos y un cambio obligado de solista: no pudo estar el marchenero Pablo Barragán, pero en su lugar tocó quien fuera su maestro, el nazareno Antonio Salguero, un músico que ha demostrado ya muchas veces su extraordinario potencial, un sustituto de primer nivel.

Salguero lució un sonido cálido y homogéneo en el muy clásico Concierto nº2 de Bernhard Crusell, obra que en cualquier caso (fa menor mediante) parece mirar ya más a Beethoven que al siglo XVIII. Si la introducción orquestal resultó un tanto gruesa, aunque luego el conjunto se asentó y acompañó con buen gusto y apreciable detalle, el clarinetista sevillano fue todo el tiempo un prodigio de precisión y finura. La matizada articulación de su sonido resultó especialmente expresiva en un delicadísimo Andante y se hizo puro frenesí en el virtuosístico rondó de cierre.

Michael Thomas había empezado su actuación con un curioso e inane Preludio de Armas Järnefelt, cuñado de Sibelius, cuyo Valse triste marcó, con su elegante melancolía, muy bien destacada por el tempo y las dinámicas escogidas por la batuta, todo el concierto.

Thomas aprovechó la cuerda reducida para intensificar el fraseo y potenciar los acentos sin perder tersura ni claridad. Además logró un tipo de equilibrio diferente al habitual en los conjuntos sinfónicos, lo cual se mostró especialmente en las obras de Grieg, tanto en la Danza sinfónica nº2 como en la selección de Peer Gynt. En "La mañana" no sólo lució la claridad de la flauta, sino que todo el viento adquirió un notable protagonismo. Siguieron dos piezas concebidas para la cuerda sola: ese lamento oscuro de "La muerte de Ase" y "La danza de Anitra", marcada por una gran intensidad y un juego con el rubato que acaso pareció excesivo para una "Canción de Solveig" algo amanerada. Todo culminó en una colorista "Danza árabe" en la que el concepto camerístico se vio desbordado por unos contrastes descarnados en los que el volumen y la masa se antepusieron a la seducción del arabesco melódico.

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