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REAL ORQUESTA SINFÓNICA DE SEVILLA | CRÍTICA

De lo íntimo a lo expansivo

Soustrot y Wegener cantan a los niños muertos.

Soustrot y Wegener cantan a los niños muertos. / Guillermo Mendo

A pesar de existir una declarada relación de alumno-maestro entre Mahler y Bruckner, que se mantuvo a todo lo largo de la vida del primero, las dos obras puestas en cartel para este concierto no podían ser más disímiles en espíritu y en la carne, en la forma y en el fondo. Para los Kindertotenlierder reservó Mahler su música más delicadamente lírica y la orquestación más sutil y medida de toda su producción. Soustrot supo poner de relieve este perfil casi camerístico, controlando en todo momento una gama muy cuidada de dinámicas que, en la partitura, nunca pasan del mezzo-forte. La atención a la tímbrica fue esencial para alcanzar ese grado de intimidad delicada y a la vez compungida que destilan las palabras y las notas. Como momentos más delicados y sensibles me quedaría con el diálogo voz-oboe con los pizzicati de las violas y sin violines en la tercera canción; o el íntimo sonido de las cuerdas con sordina en la mayor parte de la quinta. Para este ciclo de tonalidades oscuras por la temática de los poemas prefiero siempre una voz más densa y grave, la de una contralto o, al menos, una mezzo. Wegener, a pesar la belleza de su timbre y de su fraseo cincelado sílaba a sílaba, nota a nota, mostró carencias en la franja grave, poco audible a pesar de las suaves dinámicas de Soustrot.

El maestro francés se dejó atrapar por el campo de minas que Bruckner siembra en su cuarta sinfonía. Los continuos cambios de registro característicos de quien fuese un gran organista; los silencios que preparar explosiones de los metales o que conducen a subito piano, el continuo cambio de atmósfera, hacen que el director deba estar muy atento a establecer un planteamiento coherente. No fue así, salvo en un primer tiempo bien abrochado, porque las caídas de tensión fueron continuas debido a la excesiva lentitud de los pasajes pausados, muestra de lo cual pudo ser la morosidad lánguida del ländler que ejerce de trío en el tercer tiempo o prácticamente todo el segundo. Todo lo cual se colocaba en las antípodas de los momentos más expansivos y rutilantes, en los que destacaron especialmente unos inspirados metales. Con todo, Soustrot prestó atención especial al equilibrio y la claridad entre las secciones logrando, por ejemplo, que se oyensen con nitidez las frases de las violas. Tuvo consigo a una orquesta plenamente engrasada, soberbia de empaste y con una apasionante capacidad de respuesta.

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