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Crítica 'Más allá de las montañas'

China 'go West'

más allá de las montañas. Melodrama, China, 2015, 118 min. Dirección y guión: Jia Zhangke. Intérpretes: Tao Zhao, Zhang Yi, Liang Jingdong, Dong Zijian, Sylvia Chang. 

El cine del Jia Zhangke (The Word, Naturaleza muerta, 24 City), el mejor cineasta chino de la Sexta Generación con permiso de Wang Bing, ha ido cambiando paulatinamente el peso (de evidente filiación moderna) de la distancia y el tiempo por el de la cercanía y la emoción, en una transición cada vez más narrativa que los más puristas considerarán una claudicación, pero que también puede entenderse como la evolución natural de un lenguaje que busca en la tradición del cine de género, como sucedía de manera abierta en su anterior Un toque de violencia, unas nuevas raíces para seguir hablando de unos mismos asuntos, a saber, sobre las profundas y rápidas transformaciones de su país en las últimas dos décadas y sus consecuencias personales.

Más allá de las montañas asume las maneras del melodrama sentimental y familiar para dar cuenta, en tres tiempos distintos (1999, 2014 y 2025) filmados en tres formatos diferentes (1:33, 1:85 y 2:39), de cómo China ha pasado de ser un sistema comunista y rural a un país de vertiginoso desarrollo urbano y neocapitalista, y lo hace a través de un triángulo de personajes, un minero, un emprendedor y la joven (Zhao Tao) que es objeto del amor de ambos, a través del cual, especialmente en la primera parte, puede observarse de manera diáfana ese cambio radical en la estructura y el modelo social que abre zanjas insalvables para algunos y horizontes exclusivamente materialistas para otros a costa de las relaciones familiares, la amistad o los valores morales tradicionales.

Pero no ha de verse sólo esta película como un mero tratado sociológico. Al contrario, Zhangke apuesta ya indisimuladamente por la materia narrativa y emocional, por el primer plano, como pilar de su cine, buscando traducir en la puesta en escena, en un portentoso juego de ecos e imágenes de condensación (las figuras en el paisaje mineral, el baile final al son de Pet Shop Boys...), ese poso de melancolía y decepción que se va apropiando poco a poco de su película, incluso en ese tramo final algo postizo y desequilibrado que, en una Australia de 2025, pone en perspectiva, desde la distancia del futuro tecnológico, aséptico y despersonalizado, esa idea central del fracaso, la renuncia, el desarraigo, la pérdida de la identidad y los peajes que ha tenido que pagar una nueva generación para alcanzar el falso dorado de la prosperidad.

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