Cultura

Cine polaco, siglo XXI

  • Cada lunes, hasta mediados de marzo, el Cicus acogerá un ciclo dedicado a la actualidad cinematográfica de Polonia, inaugurado ayer con '11 minutos', del veterano Jerzy Skolimowski

Un plano de 'Camper', de Lukasz Grzegorzek. Un plano de 'Camper', de Lukasz Grzegorzek.

Un plano de 'Camper', de Lukasz Grzegorzek.

En el imaginario cinéfilo moderno, Polonia ha sido el país desde el que eclosionaron aquellas tres generaciones consecutivas formada por los Wajda, Zanussi, Munk, Kawalerocwicz, Polanski, Zulawski, Skolimowski o Kiesklowski que iban a protagonizar una de las oleadas más nutridas de todos aquellos nuevos cines de los países europeos del Este que surgían simultáneamente o se adelantaban incluso a la nouvelle vague como gran movimiento de impugnación de las formas del cine clásico, en el caso polaco fuertemente anclado en el modelo del realismo socialista.

Si aquellos nombres fueron sinónimo de un cambio de temática (hacia el revisionismo histórico) y una renovación estilística (especialmente visible en los más jóvenes, salidos de la famosa Escuela de Cine de Lodz o la televisión), la diáspora por motivos políticos o profesionales (Polanski a Hollywood y luego al destierro europeo, Zulawski y Skolimowski a Francia o Inglaterra) disolvió el grupo en trayectorias autoriales que se han mantenido a lo largo de los años con más o menos presencia internacional y que se cerraba simbólicamente el pasado 2016 con la muerte de dos de sus supervivientes aún en activo: Wajda, que pudo dirigir en 2013 el biopic Walesa, el hombre de la esperanza), y Zulawski, que se despidió con su libre y surreal Cosmos.

Mientras tanto, cineastas más jóvenes como Szumowska (Body), Pawlikoski (Ida) o Wasilewski (United States of Love) conforman el núcleo más visible de una cinematografía nacional que no encuentra ya tanto eco mediático fuera de sus fronteras más allá de los festivales o los ocasionales premios europeos.

De aquella generación de los 60 resiste aún con vigor un Jerzy Skolimowski que daba ayer el pistoletazo de salida con su frenético thriller 11 minutos a la séptima edición del ciclo Cine Polaco Contemporáneo que organiza cada año el Instituto Polaco de Cultura, un ciclo que recorre desde el pasado mes de noviembre diez capitales españolas y que desembarca ahora en Granada, Córdoba y Sevilla, donde en sucesivas fechas (16, 23 y 30 de enero, 6 y 13 de febrero) y en la sede de la Filmoteca Andaluza del Cicus, podrán verse seis películas polacas de última cosecha.

La cinta de Skolimowski nos descubría ayer a un viejo maestro (ahí está Essential Killing) con ganas de divertirse a través de un juego espacio-temporal que condensa y electrifica varias tramas que confluyen en un gran espectáculo pirotécnico que si bien resulta algo intrascendente, demuestra una capacidad de reinvención lúdica.

Lo que nos depara el resto del ciclo es una pequeña incógnita avalada por el criterio de los programadores en su intento de reflejar la diversidad formal y temática de un cine que aspira a dar cuenta de la realidad polaca, pero también de sus géneros industriales: en Esas hijas mías, de Kinga Debska, dos hermanas se enfrentan a la muerte de sus padres en tono de tragicomedia; en Demon, del recientemente fallecido Marcin Wrona, el terror (a través del dybbuk judío) y la comedia negra se dan cita en una nueva y original torsión en torno al Holocausto; en el documental para la HBO K2. Tocando el cielo, el alpinismo, el riesgo y la muerte son tratados bajo la perspectiva de la relación entre padres e hijos; en Ederly, de Piotr Dumata, el surrealismo (en blanco y negro) se adueña de una población en la que preservar la privacidad es una tarea casi heroica; y en Camper, de Lukacs Grzegorzec, todo un éxito comercial en su país, se trata de diseccionar una vez más a la pareja de clase media y sus crisis de inmadurez.

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