Círculos y torbellinos
Federico Guzmán se aleja del rectángulo, modelo ideal de la pintura, para proponer una colección que es una pequeña joya: obras de cuidada técnica y sensualidad cromática.
Mundo exterior, mundo interior. Federico Guzmán. Mecánica Galería de Arte (Cabeza del Rey Don Pedro, 15), Sevilla. Hasta el 5 de noviembre.
En la pintura occidental, el rectángulo del lienzo es un elemento estructural. Es decir: no es un formato más entre otros, sino que obedece a un modo peculiar y preciso de ver y representar las cosas. Tal vez esto obedezca a nuestro modo de escribir, que dispone en un rectángulo líneas horizontales paralelas ordenadas verticalmente, o a una concepción predominante de la mirada: los ojos del observador (no los del cazador, que acechan, ni los del artesano, inclinados sobre el banco de trabajo) ocupan la parte superior de una vertical, el cuerpo, que es perpendicular al suelo sobre el que permanece erguido. Sea por éstas u otras razones, lo cierto es que el rectángulo pertenece a lo que podríamos llamar el modelo ideal de la pintura, forma parte de su paradigma.
Así se advierte al examinar ciertos cuadros: es fácil comprobar cómo la disposición de objetos o figuras reproduce la cuadrícula al ser sus verticales paralelas a las del lienzo y caso de ser formas curvas, suelen éstas colocarse de modo que sus tangentes sean también paralelas a los lados horizontales o verticales del lienzo. Incluso cuando el pintor o el escultor eligen el tondo, el soporte circular, las figuras casi siempre se construyen según líneas verticales u horizontales trazadas en el interior de la circunferencia, es decir, cuerpos y objetos se disponen en las líneas que la geometría llama cuerdas, recuperándose así la forma rectángulo.
Todo esto viene a subrayar la dificultad técnica de las piezas circulares de la muestra de Federico Guzmán. En ellas no hay recurso alguno al rectángulo. El mundo reposado y firme del observador occidental, se convierte en torbellino. En Células de girasol, una forma, semejante a un núcleo repartida a intervalos regulares en el círculo genera innumerables trazos que conecta a cada una de ellas con sus vecinas generando un sinfín de ritmos; la unión de tres triángulos curvos en forma de hélice se expande al girar produciendo una suerte de laberinto con ecos orgánicos que hace pensar en el interior de la rosa que lleva la obra por título; Pájaros de agua remite a la inestabilidad de lo líquido, al instante irrecuperable de un paisaje en el fluir del agua, mientras la obra llamada precisamente Torbellino es una forma, inicialmente circular que se pliega hasta convertirse en espiral que parece proyectarse hacia fuera del lienzo.
Foucault, en su obra central, Las palabras y las cosas, dice que la cultura occidental se transformó cuando descubrió la importancia de la vida -el rumor incesante de los organismos vivos, la agitación continua de lo biológico- y la del lenguaje -esa tupida red que se extiende bajo nuestra conciencia y habla en y por nosotros-. Ni la vida ni el lenguaje tienen perfiles nítidos y por ello no pueden representarse, sólo sugerirse. Es la idea que parece desprenderse de estas obras de Guzmán. El torbellino, que escapa a nuestra inteligencia ordenadora por ser más laberinto o dinamismo que recinto acogedor, es la forma que mejor despierta en nuestra fantasía el fluir de la vida y la combinatoria inabarcable del lenguaje.
Es posible relacionar estrechamente estas piezas con otras iniciativas de Federico Guzmán. Por ejemplo, con las piezas, de colores y formas tan vivas como las ahora expuestas, cuyo perfil evocaba a la vez la paleta del pintor y la espiral de un molusco fósil, el ammonites; esta conexión entre arte (el lenguaje) y biología (la vida) se advierte también en Reloj de sol vegetal, que pudo verse en la huerta-jardín de la Cartuja: un conjunto de flores diversas que marcaban las horas del día porque adquirían formas y localizaciones diversas según la luz recibida. En parecida dirección, su reflexión sobre la ayahuasca, expuesta hace poco también en la Cartuja: el rito de la hoja de coca que con carácter casi sacramental celebran ciertos pueblos latinoamericanos, con el que tratan de alcanzar un estado de conexión con el cosmos.
Todos estos trabajos hacen pensar en una búsqueda, al margen de la institución arte, de formas que muestran el dinamismo de la naturaleza y modos de vida diferentes. Su estancia en Colombia, recorriendo tierras y pagos olvidados y su trabajo permanente en Artifariti, el festival de arte y derechos humanos del Sáhara Occidental, señalan en esa dirección, como también su intervención en Cambalache, un grupo de autores que recorría diversas localidades y fomentaban un sugerente intercambio: los moradores de los pueblos recogían algo de lo que exponían los artistas y dejaban algún objeto suyo. Todo ello señala un perfil más cercano al del viajero romántico que al del artista al uso. Tal vez por eso puede ahora abordar con singular libertad obras que unen a una cuidada técnica y a la sensualidad casi gratuita del color, la idea de un tiempo que no se deja congelar ni dominar.
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