“Dar belleza es algo revolucionario”

Joan Font | Director de Comediants

El mítico grupo de teatro cumple cincuenta años y la SGAE lo celebra con un homenaje a su director en el Cartuja Center

Joan Font, en el Cartuja Center.
Joan Font, en el Cartuja Center. / José Ángel García
Gonzalo Gragera

14 de diciembre 2022 - 20:33

Cincuenta años cumple Comediants, referente en las artes escénicas de las últimas décadas. Para celebrar la efeméride, la Fundación SGAE ha preparado en Sevilla un homenaje al director de la compañía, Joan Font (Olesa de Montserrat, 1949). Un acto que se celebra en el Cartuja Center este jueves, 15 de diciembre, y en el que el director recordará sus años de reconocida trayectoria. Un recorrido repleto de historias memorables, de experiencias y de sabidurías en torno a la cultura y al teatro. Parte de todo ello lo descubrimos a lo largo de la conversación.

-¿Cuáles han sido las principales contribuciones de Comediants a las artes escénicas?

-Yo creo que, primero, dar una visión del teatro en un sentido de pluriabierto. La gente suele tener el concepto cerrado del teatro, como sala. Lo que nosotros aportamos, principalmente, fue asumir la idea de que cualquier espacio es viable para hacer teatro. En mi caso era partidario de ir a diferentes sitios, como discotecas, pubs, escuelas profesionales de arte… Después pasó que el año 1973, en Madrid, representado Non plus plis, se quedó mucha gente fuera. Por tanto, sacamos las sillas, el espacio escénico. A la calle. Aquello terminó en una revolución, en una fiesta también. El espectáculo concluyó con una visita de los grises, quienes empezaron ahí a disparar. Y nosotros mientras tanto bailando, celebrando la vida… Desde ahí entendí que yo iba a utilizar la calle para el teatro. Durante toda mi vida.

Por otra parte, en Comediants, además de la música, juntamos un lenguaje que la gente conocía y transformamos dicho lenguaje en una cosa nueva. Por ejemplo, los cabezudos. Nosotros cogimos a los cabezudos, que tú los ves en la calle, y los llevamos a un escenario, a otro lugar nuevo. Cogimos elementos en los que el pueblo se reconocía para contar una historia que era nueva. También, por citarte otras ideas, nos inspiramos en el carnaval, prohibido por el franquismo. Quisimos recuperar historias que nos habían capado.

-¿Y, desde la actividad cultural, cómo recuerda la Barcelona de aquellos inicios de la compañía?

-Con unas ganas locas de chillar. De buscar raíces -lo que antes te comentaba-. Todos teníamos un frente común: ir contra el color gris, el olor a naftalina. Y después, había una libertad de riesgo. Vamos, yo iba a comisaría un día sí y otro también.

Barcelona estaba recuperando a grandes personalidades. Empezaron a salir poetas, escritores, gente del teatro. Todas estas historias iban gestando una mentalidad de apertura. En la muerte del dictador, en los años setenta, es una ciudad ya abierta. De hecho, hubo un momento en el mundo sudamericano -México, Venezuela…- en el que la gente rica, cuando quería estudiar teatro, se iba a dos ciudades: o a Nueva York o a Barcelona. También Madrid.

-Y echando la vista atrás, ¿qué fue imprescindible para alcanzar el reconocimiento que alcanzó la compañía?

-La honestidad, la persistencia y ser muy abierto. Trabajar en equipo, siempre lo digo, es lo mejor que me ha pasado en la vida. Porque adonde no llego yo, llega otro. La música de las óperas que hago, por ejemplo, necesito que alguien me ayude.

También pienso que hay tanto negativo en nuestras vidas, en la televisión… que creo que otro acierto de nuestra compañía fue dar un aliento, dar un fuego de ilusión, dar belleza. Dar belleza es algo revolucionario.

-¿Dar belleza es una revolución?

-Claro. Ofrecer aquello que sea bello. Ofrecerlo a los otros. Que cuando la gente vea un espectáculo, se asombre. Y nosotros veamos sus caras de asombro. Además de contar una historia, esta debe contener belleza.

-Acaba de publicar un libro con motivo de estos cincuenta años de Comediants. El volumen se titula 'Historias de una historia (un viaje de ensueño)'. ¿Qué destacaría de la obra?

-Primero, que nosotros formamos parte de un periodo de tiempo y de un espacio. Me gusta del libro que se ve perfectamente el mundo en el que la compañía ha estado y está sumergida. Cuando hablo de mundo, hablo de un contexto, de una época. Nos vamos al franquismo, por ejemplo, y vemos el blanco y negro en las historias. Luego viene el color, la locura, con la Expo de Sevilla. Es todo un viaje por nuestra historia reciente.

-¿Qué recuerda de la participación de Comediants en la Expo de Sevilla?

-Ostras... Fue la posibilidad de hacer algo muy grande como creador. A un hombre como yo, que le gusta la calle, que como te decía al principio me prometí que no la dejaría nunca… Fue un viaje que agradezco mucho. Por dos motivos: uno, porque es poner todo tu talento, tu imaginación; dos, porque demostramos a todo el mundo que nuestro país era capaz de hacer algo extraordinario. Eso sí, con presupuesto. Esto es importante. Decía un artista francés que todo sueño tiene un presupuesto. Pues eso.

Para el mundo fuimos un epicentro. Yo en la Expo he cenado con productores, técnicos de medio mundo, incluso gente de la NASA. Y me preguntaban que cómo montamos el espectáculo que montamos. Con doce millones de personas viéndonos. Es que piensa que nosotros montamos pequeñas televisiones en las carrozas, el sonido también venía del interior de estas carrozas. Todo ello hace treinta años, con sus medios.

-El tópico etiqueta a los sevillanos de exagerados. ¿Somos unos teatreros?

-(Risas). Somos teatreros. Cataluña y Andalucía, creo, tienen una relación muy estrecha. Lo digo sinceramente. Nos une una mirada de la vida. Sobre todo por la parte de la rauxa, la locura, el arrebato, más que por la parte de lo zen. También nos relacionamos por la mirada mediterránea.

Hay un lenguaje andaluz muy vinculado a lo teatral. Por la parafernalia. Por ejemplo, del flamenco, de su Semana Santa, que como ceremonia me fascina. Por ver cómo se crea, cómo circula. El músico Carlos Santos venía aquí a escuchar las bandas en Semana Santa, y me llevaba con él, y ese canto, ese lloro, te llevaba y te emocionaba. Hay que despojarse de cosas premeditadas para entrar en la cultura. La mejor manera de entrar en la cultura es entrar un poco desnudo, que el aire se te lleve un poco la ropa y vestirte con lo que toque ese momento.

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