VICENTE LLEÓ | OBITUARIO Decir y hacer diferente, como entonces

  • Ya en los años de juventud compartidos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla Lleó se reveló como uno de los mejores y más sagaces historiadores del arte españoles

Vicente Lleó en su casa, obra del arquitecto José Ramón Sierra. Vicente Lleó en su casa, obra del arquitecto José Ramón Sierra.

Vicente Lleó en su casa, obra del arquitecto José Ramón Sierra. / Antonio Pizarro

LA ausencia y la presencia, el dilema del existir. Los creadores, en el sentido más amplio, son los que dejan su obra trascendiendo la estricta duración del tiempo vivido. Su ventura es nuestra fortuna. Pero el valor primigenio radica en la dicha de su memoria, disponer de su obra y revivir su gracia.

Al dejarnos Vicente Lleó, uno de nuestros mejores historiadores del arte, afloran en mí los recuerdos de aquellos años juveniles en que compartimos docencia en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla. Vicente acababa de volver de Londres, donde vivió antes de encarar su destino. Con su inglés tan británico trajo el perfil de un joven caballero cosmopolita que nunca le abandonaría. En la escuela se vivía un afán de formar parte, de contribuir al presente, que contrastaba con la brida localista dominante, en que la reiteración/invención de las tradiciones hurtaba el progreso. Dimos clases juntos, en ocasiones literalmente, a dúo, siempre con el propósito de transmitir a los estudiantes el valor formativo de la historia en el hacerse arquitectos. Lo cual significaba entenderla vivida e íntegra, sin solución de continuidad entre la edad moderna y la contemporánea, que hasta entonces eran escenarios ausentes.

Lleó desarrolló un flujo particular en su investigación, en sus artículos y libros. Particularmente brillante su tesis doctoral que dio pie a Nueva Roma: Mitología y humanismo en el Renacimiento sevillano, libro que editó la Diputación en 1979. Una obra sobre la sustancia intelectual reveladora de la estructura social y de poder de aquella ciudad tan intensa como contradictoria. La sagacidad de Lleó se desdobló años después en otro momento histórico singular como la Sevilla de los Montpensier.

Con el Duque de Segorbe, y Luis Toro Buiza, entre otros, en 1978 participamos en el propósito de resucitar la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, editando varias ediciones facsímiles. A la bibliofilia dedicaría su discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Sevilla. Por otra parte, el vínculo con la Casa de Medinaceli se acrecentó hasta formar parte de su Patronato, y publicar una excelente monografía sobre la Casa de Pilatos, que luego extendería a otros palacios sevillanos, Dueñas, e incluso al Real Alcázar.

También compartíamos la idea de que la traducción era un ejercicio de aprendizaje extraordinario. Trabajamos juntos en la del libro Retórica y experimentalismo (1978) de Manfredo Tafuri. Por su parte tradujo Pintura en Italia 1500/1600 de S. J. Freedberg. El vínculo anglosajón le llevaría a la estancia en Princeton con John Elliot a comienzos de los ochenta, donde preparó su primera cátedra en la Escuela de Arquitectura, en la que permanecería hasta 1997 cuando obtendría la de la Facultad de Geografía e Historia.

El Pabellón de la República de 1937 en París, o el proyecto de Aldo Rossi para el corral del Conde fueron asuntos bien concretos en los que unimos tareas críticas con otros compañeros en los años en torno a la muerte de Franco. José Ramón Sierra, también amigo común de entonces, mío desde la infancia hasta hoy, bregó con los proyectos de nuestras casas. Y ellos, con Gerardo Delgado y Jacobo Cortines, generaron en 1979 la iniciativa de Separata, una revista surgida en una sala/academia en el piso de Cortines, fugaz y brillante testimonio de inquietudes intelectuales y artísticas en tiempos de transición democrática que ya vivimos de manera diferente.

Decir y hacer diferente. Como entonces.

*Víctor Pérez Escolano es catedrático emérito de Historia de la Arquitectura de la Universidad de Sevilla 

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