Dorantes y el público se atienen al guión
Tengo la sensación de escuchar el mismo concierto de Dorantes desde hace años. Es cierto que viene añadiendo alguna nueva composición a sus recitales en los últimos tiempos, a cuentagotas. Es cierto que a sus viejos temas ha añadido nuevas variaciones melódicas: eso los hace más extensos, no creo que mejores. Es la forma y no el contenido lo que resulta de sobras conocido. Un repertorio limitado, prácticamente, a dos discos. Por un momento pensé que iba a escuchar algo diferente, que el artista iba a sorprender de tal manera al público que éste iba a quedar sobrecogido y, por un instante llamado arte, desconcertado, sin saber lo que hacer, sin acudir a la rutina del aplauso, más o menos entusiasta, más o menos desganado. Eso es lo que me pedía el cuerpo anoche. No fue así. Supongo que sería como esperar que yo escribiera de otra manera, o que el presidente dejara de hablar de la crisis y bajara a la realidad.
El momento al que me refiero fue aquel en el que apareció Pastora Galván. Delgada y segura, de negro con lentejuelas y zapatos de charol. De mujer fatal, tan estilizada y misteriosa como hilarante. A pesar de que el tema que Dorantes le tocó lo conocemos de sobra los aficionados. A pesar de que Pastora adaptó al mismo una coreografía conocida, perteneciente a su espectáculo La Francesa. Fue la conjunción lo que me conmovió. Porque Galván expuso la versión más rompedora de sí misma, con crótalos resonantes en el silencio de la noche.
Por lo demás fue, como digo, más de lo mismo. Temas tan brillantes como convencionales y cascada de variaciones, con réplicas del bajo y de la percusión en algunos momentos. También acompañó Dorantes al cante tradicional de Juan San Juan. Lo mejor, como siempre, vino cuando arreció el frenesí rítmico. Con todo, creo que en un día tan señalado como el de ayer, Dorantes necesitaba de una revolución. Porque quizá Zapatero no pueda salirse del guión. Pero él y yo sí podemos.
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