Eins Zwei Drei | Crítica de Circo / Danza Maravillosos artesanos del cuerpo

Tarek Halaby y Dimitri Jourde rodean a Romeu Runa, plegado en su caja de plexiglás.

Tarek Halaby y Dimitri Jourde rodean a Romeu Runa, plegado en su caja de plexiglás. / M.G.

Martin Zimmermann, el hombre de goma, el suizo más imaginativo, el creador de los espacios enloquecidos, se ha quedado fuera del escenario en esta ocasión para entregárselo a otros tres locos, artesanos del cuerpo sin trampa ni cartón como él, que han encajado como guantes en su loco universo, ya perfectamente reconocible por el espectador.

En los últimos años, este artista de circo, coreógrafo, artista plástico, fotógrafo y muchas cosas más, viene reivindicando con fuerza la figura del clown. Un artista que, según afirma, es el único que conserva todavía una cierta libertad, además de ser un espejo de la sociedad.

Sus clowns, por otra parte, deben ser capaces de dominar las técnicas circenses (especialmente la acrobacia), la danza el teatro, el mimo y la performance. Por eso ha elegido a tres extraordinarios todoterrenos como son Tarek Halaby (el payaso blanco, director del museo), Dimitri Jourde (al que ya vimos en este teatro, en Hans Was Heiri, de Zimmermann y De Perrot) y el portugués Romeu Runa.

Los ha llamado sencillamente Uno, Dos y Tres (Eins, Zwei Drei) y los ha colocado en un museo de arte contemporáneo, probablemente el mismo que lo hizo renunciar a un proyecto de performance debido a la cantidad de trabas que le puso.

Se propone así un espacio perfectamente ordenado que el coreógrafo, como siempre, se encargará de descomponer creando un mundo paralelo, caótico y absurdo, en el que las relaciones convencionales enloquecen y lo cotidiano se agrieta para dejar salir lo extraordinario, del mismo modo que la madera del suelo se hace pedazos para dejar salir de las profundidades, como una planta en primavera, la figura estrafalaria de Runa.

El universo tragicómico de Zimmermann es el de siempre: puertas que se abren a ninguna parte, paredes que avanzan y retroceden, objetos sencillos que se transforman… Esta vez quizá con un desarrollo más lento y menos claro, en el que cuesta un tiempo penetrar.

Pero lo que queda de este nuevo montaje del suizo no son sus planteamientos previos ni su dramaturgia. Lo que realmente convence y admira al público es el impresionante trabajo físico de sus protagonistas: la sombra negra y jorobada (Dimitri Jourde) que patina sin cesar de un lado a otro –incluso en lo alto de la pared–, como si no le quedase ni un solo hueso que le oponga resistencia, y el más loco de todos, un asombroso Romeu Runa cuyo cuerpo hiperflexible es capaz de plegarse hasta habitar un cubo de plexiglás para, más tarde, en la caótica y explosiva escena final, cantar con ternura un melancólico fado de Mariza.

Junto a ellos, siguiéndolos y persiguiéndolos en todo momento con sus acertadas notas, el pianista Colin Vallon se convierte en el cuarto y fundamental pilar de este singular y extraordinario edificio. Un espacio fantástico que el suizo nos propone como alternativa al mundo real y poco halagüeño que nos rodea.

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