Esemble Talismán | Crítica Bécquer en el salón romántico

Lola Casariego canta acompañada por Francisco Soriano. Lola Casariego canta acompañada por Francisco Soriano.

Lola Casariego canta acompañada por Francisco Soriano. / Actidea

Este bien articulado programa en torno a la figura de Bécquer vino a poner en valor el repertorio de la canción española de concierto, tan poco frecuentada en programas y grabaciones. Se juntaban Lola Casariego, cantante asturiana de medios generosos y notable versatilidad, el pianista sevillano Francisco Soriano y el tenor Francisco Sánchez, que actuaba no como cantante sino como recitador, tarea que cumplió de forma sobresaliente, con clara dicción y evitando en todo momento la sobreinterpretación; la musicalidad de la imaginería poética de Bécquer se basta por sí misma para traspasar mentes y corazones.

Casariego empezó y terminó en punta, posiblemente con las obras más arriesgadas de todo el recital: dos canciones del ruso naturalizado español Constantin de Sidorovitch para empezar y Tu pupila es azul, de la Op.81 de Turina, para acabar. Son piezas que miran sin ningún complejo al mundo de la lírica, especialmente italiana, y en ellas la cantante mostró voz ancha y poderosa, firme en todo el registro, aunque necesitó algunos minutos para calentarse (como mostraron esas notas raspadas en el principio de Volverán las oscuras golondrinas, que se repitieron en el primer Albéniz), pero cuando lo hizo corrió con flexibilidad e intensidad. Conserva Casariego los bellos graves, oscuros y mórbidos, de sus inicios, cuando frecuentó el universo barroco, y aunque en los primeros momentos de su actuación los agudos resultaron entubados, como buscando una mayor seguridad a la hora de emitirlos, acabó proyectándolos con mucha más naturalidad y en Turina refulgieron con brillo y esmalte poderosos.

Interesante el contraste entre el mundo más tardío de Falla y Turina y el más cercano al universo del salón romántico europeo de Albéniz y Chapí. Las canciones de Falla se mueven entre el lirismo y el nacionalismo de ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! y la escena operística, casi verista, de Olas gigantes, una obra que encontró ya a una intérprete verdaderamente apasionada, con la voz correctamente asentada y colocada y una vibración muy comunicativa. Bien acompañada siempre por un entregado Soriano, que mostró su sutileza sobre todo en las piezas de Olmeda y Hernández, muy típicas del salón romántico, las canciones de Albéniz y Chapí le quedaron a la cantante asturiana demasiado uniformes en lo expresivo, faltas acaso de un punto de calidez y un mayor énfasis en el contraste dinámico.

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