Cultura

Escuchar más allá del canto

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Cecilia Bartoli parece haber encontrado en la figura de María Felicia García-Malibrán a su alter ego artístico y emocional. Primera Reina de Corazones de la historia de la ópera, la española (pues a pesar de nacer en París siempre mantuvo la nacionalidad española y ese fue el argumento para que Lafayette consiguiese la anulación de su primer matrimonio) se hizo pronto famosa en toda Europa tanto por sus dotes artísticas como por su carácter y su vida sentimental. Fue una auténtica figura mediática, como lo es hoy día sin lugar a dudas Cecilia Bartoli. Por más que reniegue del divismo, sus poses y sus actitudes (nada de cámaras, foco siguiéndola a sus salida al escenario, situación sobre una tarima) la delatan y dejan al descubierto que le gusta alimentar esa imagen glamurosa que sirve, entre otras cosas, para que muchos de los que la escuchan se fijen en otras cosas que apenas tienen que ver con canto.

Lo malo viene cuando uno prescinde de esa imagen, de esa sonrisa, de esa figura, de ese icono, e intenta ir al fondo del canto de la romana. Y lo que uno se encuentra no es ya tan divino. Máxime si comparamos la interpretación en vivo con el reciente disco a cuya promoción obedece esta gira malibranesca. Para empezar, el volumen: bastante corto aún cantando en forte, obligando a apagar al máximo el sonido de la orquesta. Los pianissimi se hacen inaudibles y uno se explica así que apenas si cante ópera más que en el pequeño teatro de Zurich o que diga que sólo cantaría Carmen con una orquesta pequeña. Sigamos con el sonido: en comparación a sus primeros discos (heroínas rossinianas, arias de Mozart), la voz suena ahora muy trasera, engolada y bastante mate. Ha querido engrosar el registro grave (que suena desimpostado) artificalmente, a costa de perder brillo en los agudos y de opacar el sonido, que cada vez oscila más y que se acerca al trémolo cuando canta con la media voz, un recurso del que abusa y que le provoca un apreciable soplo.

Eso sí, si nos fijamos en la dimensión orgiástica del canto, de la exhibición sobrenatural y mecánica de agilidades, Bartoli es la número uno. Pero cantar es más que eso. A su legato le falta continuidad, se pierden algunas notas de paso y al final a uno le parece escuchar un martillo neumático remachando notas. Todo ello se compensa, a cambio, por una muy fuerte carga de emotividad, lo que provoca fervor y locura.

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