Espíritus musicales

Genius loci | Crítica

Athenaica recupera 'Genius loci', de la excelente escritora británica Vernon Lee, cuya capacidad descriptiva y cuya sagacidad estética conforman unas estampas vivas y crepusculares, oscuramente musicales, sobre la Europa de finales del XIX

Vernon Lee en Florencia. 1914
Vernon Lee en Florencia. 1914
Manuel Gregorio González

11 de junio 2023 - 06:00

La ficha

Genius loci. Vernon Lee. Athenaica. Sevilla, 2023. Prólogo, María Belmonte. Trad. Rodrigo Verano. 160 págs. 18 €

Una feliz coincidencia ha propiciado la recuperación de una autora olvidada, Vernon Lee (de nombre civil Violet Paget), cuya valía es fácilmente parangonable a la magnitud de su olvido. Una valía, por otra parte, que no se ofreció solo en su capacidad narrativa o fabulística, sino que se expone indiscerniblemente asociada al arte y su valoración; esto es, en aquello que el siglo llamó dilettantismo. En la obra que nos ocupa, publicada cuando muere el XIX, nos encontramos con una colección de estampas de fuerte carácter evocativo. Unas estampas, digamos, en acuarela, tibias, aromadas, frescas, vespertinas, en las que una Europa simbolista quiere ya confesar su misterio.

La idea del 'genius loci', del espíritu del lugar, también la usarán de otro modo Proust y Freud

¿Y qué misterio es este? Aquel espíritu del lugar, aquella emanación benévola e indescifrable, en la que se resume una ciudad, una tarde, el viejo corazón de un siglo. Algo así como una idea musical, que se ofrece al paseante en forma de una flor humilde y orillada. Naturalmente, esta idea es una idea llena de romanticismo, como la propia autora confiesa. Pero es también una idea que dará su fruto en la primera mitad del XX, con Freud y Proust, por el intermedio de Ruskin. Vernon Lee, refinada esteta, ha recogido aquel prejuicio de Ruskin por el que un hombre podría extraer de un solo hecho, de un vestigio olvidado, la corpulencia total de un mundo muerto. Así lo pensó Ruskin para el medievo, como Vernon Lee lo aplicará a un campo más heterogéneo. El hecho notable, en todo caso, es el carácter “floral” de cuanto escribe. Y con ello me refiero a que si el XVIII quiso enseñarnos cuánto hay de hecho civilizatorio en la Naturaleza (un frívolo y ajardinado Watteau no nos dejará mentir), en este XIX crepuscular de Vernon Lee nos encontramos con la voluntad contraria: la de señalarnos cuánto hay de naturaleza, de vida improvisada e impar, en el cuerpo mismo de la civilización, considerada como un noble artificio.

Las páginas que Vernon Lee dedica aquí a Augsburgo, a Turena, a los Alpes, a Colonia, a Venecia, al almirante Morosini, a Bayeux, al grato paisaje francés, al Piamonte, a la infinita minucia del paisaje, tienden a reproducir este sereno pacto entre ambas esferas: la esfera de lo natural, disuelta o resumida en música (el genius loci), y la paciente cantería de lo humano, extraña y sobrepuesta a ella.

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