Festival de Cine de Sevilla | Atardecer | Crítica

'Qualité' reformulada

Juli Jakab, protagonista absoluta de 'Atardecer', de László Nemes. Juli Jakab, protagonista absoluta de 'Atardecer', de László Nemes.

Juli Jakab, protagonista absoluta de 'Atardecer', de László Nemes.

La qualité europea reformulada para el siglo XXI se abre paso en la sección con el segundo filme del húngaro László Nemes, que no lo tenía fácil para su regreso a la primera línea de festivales después del éxito y el consenso crítico casi unánime obtenidos con El hijo de Saúl, descenso en off a los infiernos del exterminio judío en los campos nazis que pasó incluso la prueba del algodón de algunos doctos vigilantes éticos del asunto como Didi-Huberman.

Y hete aquí que Atardecer se retrasa algo más en la Historia negra europea del siglo XX, a los preámbulos convulsos de la I Guerra Mundial en el ocaso del Imperio Austro-Húngaro de 1913, para repetir fórmula con leves variaciones en un nuevo y asendereado descenso al averno en unas mismas claves de puesta en escena, a saber, con cámara móvil pegada a su protagonista y fondo más o menos difuminado aunque perceptible, a propósito de la llegada de una mujer al viejo negocio familiar de sombreros en Budapest buscando ajustar cuentas con el pasado.

Como sucedía en su predecesora, todo aquí está medido y cuidado hasta el más mínimo detalle, desde la fotografía orgánica de Mátyás Erdély al denso magma sonoro o la dirección artística, incluso cuando la cámara apenas atisba unos metros más allá del rostro o el sombrero de Irisz Leiter (una Juli Jakab siempre en tensión, casi hasta lo extenuante), efectos de puesta en escena en un tour de force que busca por un lado sensaciones físicas subjetivas (que no así claridad narrativa o de pensamiento) y por otro la paulatina emergencia de un caos alegórico que aspira a funcionar como fresco de la decadencia aristocrático-burguesa y la agitación revolucionaria que desembocaron en la Gran Guerra.

Grandes temas, grandes gestos de estilo y una opacidad controlada, rebajada aquí de los rigores espacio-temporales a través del montaje y las elipsis, que no siempre impulsan el interés del relato ni despiertan una mínima empatía por su protagonista y que corren el peligro de la sobreexplotación de la intensidad y el virtuosismo.