Iluminar el pasado

La muestra dedicada a Roelas en el Bellas Artes y la dedicada a la Antigüedad en Andalucía en los Venerables dan un claro aire clásico a la actualidad expositiva

Iluminar el pasado
Iluminar el pasado
Juan Bosco Díaz-Urmeneta

05 de enero 2009 - 05:00

Ciertas exposiciones son inviables sin un largo proceso de investigación. Aunque éste sólo buscara en principio aumentar el conocimiento, sus resultados al fin se manifiestan en muestras como la dedicada a Juan de Roelas.

La exposición señala el cambio de rumbo que este pintor flamenco, llegado de Valladolid bajo la protección del Conde Duque de Olivares, introduce en la pintura sevillana a inicios del XVII. En una ciudad donde pesaba mucho el criterio de Pacheco, Roelas, formado en Venecia, hace una pintura sensual, más atenta a la fantasía del color que a la precisión del dibujo, y un gusto naturalista que elige, frente a la figura ideal, la cotidiana. Los jesuitas pudieron propiciar este cambio: no sólo porque la fama de Roelas surge con el retablo de la Iglesia de la Anunciación (entonces casa profesa de la Compañía de Jesús), sino porque las ideas del pintor sintonizan con el valor que daba esa orden a la figura sensible y a la imaginación (controladas, desde luego) frente al ascetismo visual de la Reforma. Más allá de esta afinidad con la cultura de la Contrarreforma, la importancia del cosmopolita Roelas radica en los horizontes que abre a los jóvenes pintores de la ciudad: Velázquez, Alonso Cano o Herrera el Viejo.

En tal sentido la exposición en el Museo de Bellas Artes es iluminadora: propone a Roelas como gozne entre el pasado y el futuro de la pintura sevillana. Quizá algún cuadro acuse inconsistencias de escala, otros (como S. Ignacio de Loyola ante la Inmaculada y la Trinidad) tengan partes más cuidadas que otras y no todos tengan la misma calidad, pero la intención de los comisarios se logra al mostrar los nuevos aires que trae consigo el autor.

Es lástima que la sala de exposiciones temporales del museo quite lucimiento a la muestra. Los cuadros, con espléndidas molduras, apenas respiran y el color de la pared, a mi juicio, los agobia. Quizá la ocasión hubiera exigido el desalojo de algunas salas para poder valorar mejor la muestra. Aunque ésta comprende obras de Roelas que no están en el museo, la coordinación entre instituciones no ha sido la mejor: el retablo de la Anunciación adolece de falta de luz y el de San Isidoro, cuando esto se escribe, queda oculto por una celebración mariana.

La exposición sobre el rescate de la cultura clásica en Andalucía anuda con inteligencia dos atractivos conjuntos: de un lado, las diversas obras de la antigüedad y de otro las distintas ópticas de las épocas en que se recuperaron. Con acierto se intercala documentación de cada uno de esos momentos, sugiriendo la diversa apreciación de la cultura clásica y los distintos medios y procedimientos para recuperar sus obras.

Se han instalado con eficacia obras tan excelentes como la Venus de Itálica, el Efebo de Antequera, el Ganimedes de La Alhambra o la Ménade hallada en Huétor. Entre los relieves, destacan la Procesión (colección de la Casa Ducal de Medinaceli) y La Batalla de Actium (colección de los Duques de Cardona) que contrastan con la cruda fuerza del Relieve de Osuna, una obra de la Roma republicana que llega desde el Museo de Saint Germain-en-Laye. Es igualmente interesante la selecta muestra de vasijas, objetos y joyas, e ilustrativo el contraste entre capiteles romanos, visigóticos y árabes: si la primera habla de la vida cotidiana, éste sugiere el juego de continuidades y rupturas que las diversas culturas traban entre sí.

Entre la documentación, con independencia de los libros expuestos, destacan ciertas obras que muestran las distintas perspectivas de cada época: si el espléndido dibujo de un Torso romano indica la admiración de Pacheco por el pasado clásico, los dibujos y grabados del siglo XVIII sugieren la devoción por la ruina, los cuidados dibujos del XIX apuntan a la exactitud del hallazgo arqueológico y las fotografías y alzados del siglo XX proponen una reconstrucción del pasado.

Es obligado por último referirse a los cuadros expuestos. Todos tienen intención documental más que artística, pero es inevitable citar las piezas de Rubens, Zurbarán y Sorolla y, sobre todo, un retrato de Goya, el de Sebastián Martínez, el ilustrado coleccionista gaditano que fue acusado de libertino por la Iglesia, tras el regreso de aquel rey, Fernando VII, al que unos llamaron deseado y otros calificaron de felón.

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