Isabel Dobarro | Crítica

Didáctica silva de mujeres

Isabel Dobarro en el Alcázar

Isabel Dobarro en el Alcázar / Actidea

Isabel Pérez Dobarro es una joven pianista gallega que lleva años trabajando en Nueva York, donde además de su carrera musical ha desarrollado una vertiente de activista que vuelca en distintos foros, en general muy vinculados a la sostenibilidad, el fomento de la música entre niños y jóvenes y el  feminismo. En el Alcázar se presentó con un programa integrado completamente por obras de mujeres, con especial atención a Pauline Viardot, cuyo repertorio pianístico es menos conocido y explorado que el de sus canciones.

El concierto tuvo un formato didáctico. Micrófono en mano, Dobarro fue presentando una a una todas las obras de su recital conforme las iba tocando. Su discurso es fluido y su excelente prosodia resulta ideal para el formato escogido. No estoy seguro de que el Festival del Alcázar sea el ámbito idóneo para hacer algo así, pero si se hace no se me ocurre mejor forma que como lo hizo ella. Demostró ser una oradora y una locutora excelente.

Entre las compositoras convocadas junto a Viardot, había alguna ya muy bien difundida, como Clara Schumann, un par de compositoras sólo conocidas por los muy buenos aficionados (Mel Bonis, alumna de Cesar Franck y compañera de Debussy, que está en pleno proceso de recuperación; María Szymanowska, invocada desde hace tiempo como un referente ineludible de Chopin) y dos mucho más ignoradas (Hélène de Montgeroult, condesa de Charnay, quien, como bien explicó la intérprete, se libró de la guillotina revolucionaria por los pelos, cuando ya había sido condenada a muerte; y la catalana Narcisa Freixas, una discípula de Pedrell).

Casi todas las obras interpretadas fueron escritas en el siglo XIX y prácticamente todas son encuadrables en el género de la música de salón, y en ello no hay ni mucho menos intención despectiva (el grueso de la obra de compositores tan notables como Grieg o Granados, por ejemplo, pertenece a ese mundo), sino meramente descriptiva. Música ligera, de interés mediano, con muchas danzas y alguna pieza de carácter, que Dobarro ensalzó por encima de toda prudencia. El peligro de su discurso está en el énfasis. Está muy bien que se programe esta música, que sin duda resulta disfrutable, pero hacer de ella poco menos que el gran paradigma oculto (u ocultado, esto no se dijo, pero se sugirió alguna vez) del Romanticismo europeo es un exceso.

Me parecieron especialmente interesantes el breve Preludio de Bonis, lanzado al siglo XX, el Nocturno de Szymanowska, bastante difundido ya, y en el que sin duda resuena Chopin, y el Scherzo de Clara Schumann, una pieza de espíritu casi beethoveniano. Entre las piezas de Viardot, poca sorpresa, aunque Dobarro se permitió estrenar un inédito, en realidad la versión primera (para piano solo) de su ya conocida Tarantela para violín y piano.

Isabel Dobarro tocó todo el programa con claridad, precisión, fraseo flexible, aunque no demasiado relieve dinámico, lo que provocó que algunas de sus lecturas resultaron planas. El resultado, una hora de agradable recorrido por músicas muy poco frecuentadas y presentadas con sentido entusiasmo.

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