La bayadera | Crítica de Danza Oriente y Occidente unidos por el tutú

Una hermosa imagen de 'La bayadera' Una hermosa imagen de 'La bayadera'

Una hermosa imagen de 'La bayadera' / José Ángel García

Con la Ross en el foso, como es de rigor, la danza inauguró anoche en el Maestranza un año teatral y cultural que se presenta lleno de incógnitas. Un cuento sin final feliz pero con todos los elementos para llevar al público, al menos durante un par de horas, a un mundo de fantasía donde el amor siempre es verdadero y las malas acciones acaban por pagarse.

La bayadera se estrenó en el Teatro Marynski de San Petersburgo en 1877, el mismo año en que Chaikovski escribía su primer ballet, El lago de los cisnes. Su libreto, claramente deudor del amor que los románticos sentían por todo lo exótico, fue escrito por Serguéi Judekov a partir de dos dramas del poeta indio Kalidasa. En él se narran los trágicos amores entre el guerrero Solor y la bayadera Nikiya, una bailarina consagrada al servicio de los dioses. La historia tiene lugar en la lejana India, donde se cuenta que el dios Shiva Nataraja organizó el universo a través de su danza.

El Ballet Nacional Checo ha seguido fielmente el relato original, aunque el mexicano Javier Torres, responsable también de la puesta en escena, ha revisado la coreografía original de Marius Petipa, creador del Academicismo que caracterizó la época imperial rusa.

Sobre la extensa y eficaz partitura de Minkus, reducida a dos actos a partir de 1919 y llena de melodías y de guiños a un Oriente de fábula, los bailarines van alternando el estilo narrativo, basado en la pantomima típica de la danza clásica, con números de danza clásica pura, creados por Petipa para mostrar el virtuosismo de sus intérpretes.

Brillantemente vestido, el numerosísimo elenco –con más de 80 bailarines de 17 países– de esta prestigiosa compañía, fundada en 1883, logró reflejar toda la suntuosidad y espectacularidad que posee la pieza, tanto en el primer acto, especialmente en la fiesta de esponsales celebrada en el palacio del Rajá, como en el segundo, con las fantásticas alucinaciones del enamorado. Hay que reconocer, sin embargo, que la falta de conjunción y algunas inseguridades –típicas de los estrenos - dejaron algunas escenas corales en la mera corrección, si bien es sabido que la corrección en danza clásica supone un esfuerzo tan enorme que no todas las compañías logran alcanzarla.

El bailarín ruso Nikita Chetverikov destacó en su papel de guerero enamorado

Del primer acto podríamos destacar los dos pasos a cuatro, uno femenino y otro masculino, así como algunas intervenciones de los solistas. Pero habría que esperar al segundo acto para ver la escena más célebre y esperada. Nos referimos al Cuadro de las Sombras, cuando Solor, enloquecido a causa de sus remordimientos, ve cómo los espectros de 24 bayaderas, con unos tutús tan blancos como los copos de nieve que caen frente a las montañas del Himalaya, descienden por una rampa zigzagueante –aquí en penumbra– realizando una serie de arabesques. Un sinfonismo coreográfico que acerca este título a piezas tan celebradas como Giselle.

Respecto a los solistas, la frágil Alina Nanu (Nikiya) destacó más por su técnica que por su expresividad mientras que la interpretación que Magdalena Matejková hace de Gamzatti, la celosa hija del rajá, es también digna de mención. Con todo, lo mejor de la velada fue la danza del joven ruso Nikita Chetverikov (Solor). Su técnica y su elegancia destacaron en todas sus intervenciones.

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