Crítica de Cine

La 'Lady Macbeth' de Oldroyd y Pugh descubre dos grandes talentos

Florence Pugh, en una escena de la película. Florence Pugh, en una escena de la película.

Florence Pugh, en una escena de la película.

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En 1865 Nikolai Leskov publicó el relato breve Lady Macbeth de Mtsensk, libremente inspirado en el personaje de la tragedia de Shakespeare y en un verdadero hecho criminal. Shostakovich convirtió el relato en su ópera experimental del mismo título, estrenándola en 1934 con éxito... Hasta que Stalin la vio en el Bolshoi dos años más tarde, la consideró por su modernidad música burguesa y degenerada que desafiaba la doctrina oficial del realismo socialista e inspiró al Pravda el famoso artículo "Embrollo en vez de música", quedando en precaria situación el compositor y prohibida su ópera, que no volvió a representarse en Rusia hasta 1962. Sobre esta conocida anécdota escribió Julian Barnes El ruido del tiempo. Ese mismo año 62 Andrezj Wajda llevó al cine el relato de Leskov. Siglo y medio después de su publicación, 83 después de su conversión en ópera y 55 después que Wajda la llevara al cine, Lady Macbeth deja Mtsensk para regresar a la que fue la patria primera de su inspiración shakespeariana, Inglaterra, en una versión tan rigurosamente severa y sobria como desasosegante y dura.

El guión de la actriz y escritora Alice Birch la traslada a la Inglaterra victoriana y la extraordinaria dirección del debutante en el largometraje William Oldroyd la convierte en una extraordinaria fusión entre la obra original rusa y las tragedias ambientadas en páramos desolados del Dorset del Thomas Hardy de Tess la de los Duberville o del Yorshire de la Emily Brönte de Cumbres borrascosas. Pocas adaptaciones de sus obras al cine se han hecho que sean tan fieles a sus universos como esta importación de un relato ruso a una Inglaterra rural agresivamente fascinante en su belleza salvaje y a un severo ambiente victoriano recreado con una fidelidad raras veces vista; porque la ambientación -lo que incluye no sólo vestuario y decorado sino la totalidad de la concepción visual de la película- surge de una necesidad dramática, no de la precisión histórica y mucho menos de la lujosa estampa de época. Fundamental es la austera hasta extremos ascéticos dirección fotográfica de Ari Wagner, cortometrajista que entre sus pocos largometrajes cuenta con el Hamlet de Oscar Redding.

En un entorno rural de desoladora y salvaje hermosura, casi en un absoluto aislamiento, la hermosa Katherine mal sobrelleva su desdichado matrimonio con un hombre brutal al que ni puede ni quiere amar y la convivencia con su tiránico suegro. Como en tantos dramas de desdicha, infidelidad y venganza, hallará satisfacción tanto a su sexualidad como a su odio a través de la relación, primero adúltera y luego de complicidad criminal, con un trabajador de la hacienda. William Oldroyd, demostrando para bien que procede de la ópera en su capacidad para situar a unos personajes de extraordinaria potencia dramática en escenarios estilizadamente severos como si sus hondas y sobrias interpretaciones fueran arias o dúos, erige al anguloso personaje de Katherine, prodigiosamente interpretado por una debutante Florence Pugh de hielo y fuego, como una colosal y sombría heroína trágica rodeada por personajes brutales, perversos o cobardes, todos por debajo de ella, de su pasión y de su crueldad. Esta joven actriz de 21 años debuta con un talento que permite decir que ha nacido una estrella. El espectáculo interpretativo sobre este escenario que siempre parece desnudo es impresionante. Algo del Dreyer de Dies irae o Gertrud hay en esta gran película que retrata y narra pasiones extremas con una igualmente extrema severidad estilística.

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