Mazari | Crítica de danza Lucía Vázquez & Satoshi Kudo: una sencilla y pacificadora mezcla

Lucía Vázquez, durante la representación de 'Mazaro' en el Teatro Central. Lucía Vázquez, durante la representación de 'Mazaro' en el Teatro Central.

Lucía Vázquez, durante la representación de 'Mazaro' en el Teatro Central. / Luis Castilla / Mes de Danza

Lucía Vázquez es una magnífica bailarina y, además, posee una gran apertura intelectual. La hemos visto crecer bailando en numerosas compañías (el año pasado, en el magnífico trabajo de la de Manuela Nogales) y hoy la avalan, entre otros, dos Premios Escenarios y un Premio Lorca.

Por circunstancias personales, Vázquez lleva siete años viviendo en Japón y es allí, en contacto con esa cultura tan diversa, donde está madurando como creadora. Ya en el Mes de Danza de 2015 nos trajo una pieza corta sobre el plegado del papel junto a la artista de Tokio Saori Hala. Ahora regresa con el coreógrafo japonés Satoshi Kudo.

Pero no nos engañemos, aunque Vázquez y Kudo proceden de dos tradiciones diferentes, los dos artistas pertenecen a una misma cultura artística que es la de la danza contemporánea. Kudo lleva veinte años residiendo en Suecia y trabajando con los creadores más sobresalientes de la danza europea. Tal vez por eso, su Mazari (que significa mezcla en japonés) sea suave, armónico, a pesar de los distintos caminos que los llevan hasta él.

Lucía Vázquez y Satoshi Kudo, durante la función. Lucía Vázquez y Satoshi Kudo, durante la función.

Lucía Vázquez y Satoshi Kudo, durante la función. / Luis Castilla / Mes de Danza

El escenario, casi zen, es ya una mezcla entre la luz, que corta horizontalmente la escena, y la oscuridad. Tres paneles blancos, que aparecen en el centro a modo de retablo vacío (ideados por el arquitecto italiano afincado en Japón Federico Cazzaniga) ayudan a crear también una dicotomía entre el interior y el exterior, entre lo que se quiere mostrar y lo que se guarda para sí cada uno, entre el camino de Vázquez, con una danza basada en la presencia, pero sin renunciar a los giros y al suelo como puerto casi lúdico al que llegar para cambiar levemente de registro o de dirección, tal vez influida por un sonido… Y el camino de Kudo, más complejo, escindido entre la energía de unos movimientos contenidos y una entrega absoluta a la desconexión (Motion Qualia lo llama él), para probar nuevos destinos, tal vez más violentos, o quizá para que ella lo sostenga, primero en la distancia y, al final, en una danza armónica de los cuerpos absolutamente pacificadora.

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