Les Luthiers | crítica No hay bien que cien años dure

  • Les Luthiers pusieron en escena en la noche del viernes el espectáculo con el que actualmente están de gira, "Viejos hazmerreíres", ante un Teatro de la Maestranza absolutamente lleno de un público entregado, que disfrutó aunque ellos basculasen entre la genialidad y lo previsible.

Les Luthiers en el Teatro Maestranza Les Luthiers en el Teatro Maestranza

Les Luthiers en el Teatro Maestranza / Juan Carlos Muñoz

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Hacía muchísimo tiempo que cuando me sentaba a escribir la reseña de un espectáculo no se establecía una lucha tan enconada entre mi parte de aficionado mitómano y mi parte de crítico iconoclasta. Pero es que esa dualidad se ha reflejado profundamente a la hora de juzgar lo que he visto en la noche del viernes en el Teatro de la Maestranza. La antología de Les Luthiers que lleva por título Viejos hazmerreíres, me ha defraudado durante tantos momentos como me ha hecho sentir que estos tipos siguen siendo los indiscutibles maestros de las frases de doble sentido y del humor inteligente. Y una de las cosas que aprendí precisamente de gente como ellos es a titular las críticas usando, con ese doble sentido que le da un contexto diferente, alguna frase extraída de lo que los artistas dicen o cantan, pero hoy no me he atrevido a titular este artículo con algo que Les Luthiers dicen en un momento determinado de la función: falta imaginación y sobra elenco; aunque el cuerpo me lo pedía. A gritos.

Viejos hazmerreíres no empieza bien. El hilo conductor de la obra es una Radio Tertulia en el que dos locutores, Martín O’Connor y Roberto Antier, van introduciendo los temas que tratan en su programa radiofónico y el primero de ellos es la zarzuela náutica que lleva por título Las majas del bergantín, que es precisamente el que contiene el chiste más malo (el de las clases de barcos) y el que se ve venir desde más lejos (el del loro); sin dejar de lado la impresión de que con Martín y Roberto, sin ser malos actores ninguno de los dos, se convierte en un número de cuarteto de carnavales gaditanos lo que con Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich hubiese alcanzado cotas cómicas estratosféricas. Y de nuevo aparece la dualidad: después de este comienzo ¿qué pasará?, ¿desde aquí la cosa ya no puede sino mejorar o el mal ya está hecho y esto no lo remonta nadie? Todos salimos ganando porque se dio la primera de las dos opciones, aunque a veces se rozara peligrosamente la segunda. Las Loas al cuarto de baño fueron hilarantes, y no solamente por los dementes instrumentos empleados, pero Así hablaba Sali Baba fue de nuevo un retroceso en las risas. Y eso es algo que se echó muchísimo de menos: los continuos estallidos de carcajadas a los que estábamos acostumbrados los asistentes a todos los espectáculos anteriores de Les Luthiers en nuestra ciudad. Los de esta noche del estreno han sido estallidos de escasa pólvora y demasiado espaciados en el tiempo.

Las antologías, además, por definición tienen que ser una colección de piezas extraordinarias, dignas de ser rescatadas, y esta selección no es en absoluto una representación de lo más florido de Les Luthiers. Y aunque la reacción del público no ha sido mala y se les veía que habían disfrutado, lo cierto es que en ellos no se despertaron murmullos de verdadera admiración hasta que en el acto final, Pepper Clemens blablablá, no citaron al maestro Sebastian Mastropiero, lo que es un claro indicio de que en un grupo como este los referentes son importantísimos, y han quedado atrás ya muchos de ellos, algunos perdidos para siempre. Hasta llegar a ese momento tuvimos maravillas como la cumbia epistemológica Dilema de amor, paradigma del doble sentido al que antes me refería; junto a piezas que, como La receta postrera, no había por dónde cogerlas. Y tuvimos jazz con ¿Quién mató a Tom McCoffee? y bossa nova en Amor a primera vista.

Las voces de los nuevos, Martín, Roberto, Tomás Mayer-Wolf y Tato Turano, elevan la calidad lírica y musical de sus socios más antiguos, Carlos López Puccio y Jorge Maronna, y estos actuales Les Luthiers siguen siendo divertidos, ocurrentes e incluso geniales en muchas ocasiones, capaces de terminar el espectáculo de forma pletórica con un divertidísimo bis en clave de rap dedicado a Los jóvenes de hoy en día; pero la gente y los años pasan y tenemos que asumir  que Les Luthiers se han convertido en una franquicia; y aunque van a seguir alcanzando las expectativas que de ellos se espera, me temo que estas expectativas cada vez serán más lineales y estandarizadas.

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