AUXILIADORA GIL & JUAN RONDA | CRÍTICA

Creatividad y belleza contra la barbarie

Auxiliadora Gil y Juan Ronda Auxiliadora Gil y Juan Ronda

Auxiliadora Gil y Juan Ronda / Luis Castilla

En el cartel que anunciaba en Düsseldorf en 1938 la exposición Entartete Musik (Música degenerada) se podía ver a un mono de rasgos negroides, vestido de frac, con la estrella de David en el pecho y con un saxofón. Todo un resumen de cuanto los jerarcas nazis pensaban de la música moderna de aquellos años treinta: degenerada a causa del virus inoculado por razas inferiores por medio del jazz y de otras músicas destructivas de la pureza germana. Todo lo que no fuera la tradición wagneriana representada por Pfitzner o la música de tintes bárbaros de Orff fue vetado de teatros y salas de concierto. Algunos compositores pudieron escapar de la barbarie, pero otros cayeron en las redes de los campos de concentración.

Gil y Ronda ofrecieron una buena muestra de aquellas músicas prohibidas. Ronda fue el flautista preciso de siempre, poseedor de un sonido limpio y brillante y capaz de dotar, mediante su fraseo atento, acentuado y sinuoso, de expresividad a sus interpretaciones. Fue el suyo todo un muestrario de recursos técnicos en unas partituras muy exigentes.

Por su parte, Gil utilizó una pulsación picada, por veces percutiva, exacta y con buenos juegos con los ritmos, a pesar del renqueante piano.

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