Marionetas del poder
Crítica 'De Nicolas a Sarkozy'
De Nicolas a Sarkozy. Biopic político, Francia, 2011, 110 min. Dirección: Xavier Durringer. Guion: Patrick Rotman. Fotografía: Gilles Porte. Música: Nicola Piovani. Intérpretes: Denis Podalydès, Hippolyte Girardot, Grégory Fitoussi, Bernard Le Coq, Florence Pernel, Dominique Besnehard, Saïda Jawad, Samuel Labarthe, Pierre Cassignard, Mathias Mlekuz.
Que quede claro, esto va del ascenso al poder de Sarkozy, y se estrena por aquí justo a tiempo para que los espectadores proyecten su odio contra la figura del líder francés en plena oleada de declaraciones antiespañolas.
De Nicolas a Sarkozy responde al prototipo del cine basado en personajes y hechos reales que glosa la trayectoria de una conocida figura de la política, en este caso en activo. Un prototipo sin fronteras, con un ojo puesto en la sobrevalorada Nixon, de Oliver Stone, quintaesencia del retrato ficcional en claroscuro de la-soledad-y-los-sacrificios-personales del poderoso, y ese toque de qualité a la europea de títulos como The Queen o The Iron Lady. Lejos, por tanto, de apuestas más singulares como Il caimano, de Moretti, o Il divo, de Sorrentino.
Xavier Durrunger opta por la vía directa y didáctica. Nada de metáforas, nada de desvíos iconoclastas, nada de interpretaciones libres. El suyo es un biopic político avant la lettre fundado sobre una trayectoria (del Ministerio del Interior a la Presidencia de la República en el periodo 2002-2007) marcada por los titulares de prensa, la dualidad público/privado y, muy especialmente, por el espectáculo de los parecidos razonables, a los que un elenco de probada eficacia académica ofrece la correspondiente contrapartida a los Sarkozy, Chirac, Villepin o Rachida Dati que protagonizan la función.
Hay aquí, si acaso, un ambiguo y no se sabe si intencionado aire bufonesco. Nos lo apunta la música circense de Nicola Piovani y ese baile de máscaras y frases de cara a la galería que impiden ver más allá de la superficie, peinada, vestida y maquillada ad hoc, de los personajes, caricaturas de un juego de ambición y poder que parece dictado por un viñetista que no tiene claro si tomarse en serio o no a sus criaturas.
La conquête sólo puede disfrutarse así en el reconocimiento de su propia farsa, en su esquematización del circo de la política, en su gesto de imitación de un universo que ya de por sí se sabe puro teatro. En este contexto, decir que Denis Podalydès hace un gran trabajo sería lo mismo que decir que Carlos Latre es un buen actor dramático. No es exactamente lo mismo.
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