Máximos trofeos para un Morante enrazado y artista que banderillea

El torero de La Puebla corta cuatro orejas y un rabo y sale a hombros en Écija junto a Manuel Jesús 'El Cid', que consigue dos trofeos en un mano a mano interesante

Morante de la Puebla torea de capa -en imagen de archivo-.
Luis Nieto

14 de septiembre 2008 - 05:00

La caída del cartel de Miguel Ángel Perera en Écija por una lesión de tobillo producida el día anterior en Valladolid a consecuencia de una voltereta dejó el festejo en un mano a mano entre José Antonio Morante de la Puebla y Manuel Jesús El Cid, los dos toreros sevillanos que actualmente gozan de mayor tirón y partidarios. Dos diestros de características y perfiles muy distintos, que se enfrentaron a una corrida de Núñez del Cuvillo muy dispar en trapío, hechuras y cornamentas y que ofreció un buen juego en su conjunto, prevaleciendo la nobleza, si bien el encierro careció de poder y fortaleza. Toros a los que se cuidó en un casi inexistente tercio de varas, como suele ocurrir en plazas de tercera. El público disfrutó, se emocionó en muchos pasajes y solicitó los trofeos en un espectáculo que resultó entretenido, con la concesión de cuatro orejas y un rabo para Morante de la Puebla y dos para El Cid.

Morante se metió al público ecijano en el bolsillo a lo largo de una actuación en la que el punto álgido llegó en el quinto toro de la tarde, al que el diestro de la Puebla toreó por momentos con gusto en una faena intermitente, en la que sorprendió clavando cuatro pares de banderillas -los dos primeros, al cuarteo, en corto y dejando los palos reunidos y un cuarto por los adentros, de propina, tras no acertar en el tercero-. Morante porfió en una faena en la que tragó por el pitón izquierdo y consiguió imponerse con la diestra a un toro que no llegó a romper. La estocada certera fue la culminación de una obra de entrega que comenzó con una larga cambiada de rodillas en el tercio, tan sorprendente en la tauromaquia morantista como el buen segundo tercio que completó el torero, al que le concedieron los máximos trofeos.

Con el flojísimo, noble y repetidor primero, Morante dejó aroma con el capote en dos verónicas y una media. Se equivocó en la apertura de muleta, por alto, y protestó el toro. Luego, en los tercios, labor desigual con algún natural suelto con clase y una serie armoniosa con la diestra.

Morante ayudó mucho al noble tercero, un toro de gran calidad, pero muy flojo, al que toreó con suavidad por ambos pitones en una bella faena donde prevaleció el temple y que emborronó con un bajonazo.

El Cid, con oficio, sacó partido a su lote en tres labores en las que primó el oficio y la paciencia. Con el noble y flojísimo segundo realizó una faena bien estructurada, pero de escasa emoción por la flojedad del animal. Ante el noble cuarto puso toda la carne en el asador en un faena muy larga, en la que supo dosificar al toro sus escasas fuerzas hasta sacarle la veta de nobleza que llevaba dentro. Hubo un par de tandas de nota por cada pitón, tras una serie con fibra que abrió su labor. El sexto, muy protestado desde su salida por su invalidez, se defendió por esa carencia de fuerzas. El saltereño, que toreó con empaque y naturalidad a la verónica, se entregó en una labor larga, con dos partes muy diferenciadas: en la primera, dando sitio y confianza al astado y en la segunda, arrancando los muletazos en cercanías. No acertó a la primera y el premio quedó en un trofeo.

Independientemente de los trofeos, en consonancia con la categoría de la plaza, el espectáculo fue interesante con un Cid que tiró de oficio y un Morante muy entregado, lejos del corsé con el que salen habitualmente los toreros artistas y que, sorprendentemente, deslumbró en el segundo tercio, en el que sin alharacas, posturitas ni florituras, clavó reunido y salió de la cara del toro con majeza.

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