El Mesías participativo | Crítica Rutinas y excelencias del rito navideño

Los intérpretes en escena del Mesías participativo. Los intérpretes en escena del Mesías participativo.

Los intérpretes en escena del Mesías participativo. / Juan Carlos Vázquez

El rito navideño por excelencia de la música clásica en Sevilla es El Mesías participativo que patrocina la Fundación Cajasol - La Caixa desde hace muchos años.

Una tradición creada recientemente, pero parece que ya insoslayable. Si alguien en Sevilla aspira a escuchar El Mesías de Haendel en condiciones musicales más idóneas que abandone toda esperanza. Una tradición que corre el riesgo de enquistarse y hacerse más rutinaria de lo que ya es. Año tras año los mismos coros de aficionados preparan y cantan la misma música. Año tras año con los mismos problemas casi sistemáticamente en los mismos sitios.

No es El Mesías una obra policoral. Funciona mal con los efectos antifonales que imponen los coros en las terrazas. Aceptemos esa envolvente. Pero también es El Mesías una obra llena de coros fugados, y ahí las dificultades para la coordinación de todos se hacen grandes, a veces insalvables, y ello independientemente de la atención que preste el maestro concertador. De hecho, Eamonn Dougan se tomó su trabajo muy en serio, incluso con entusiasmo. Se giró para los aficionados cada vez que intervenían en la obra y marcó el compás con una claridad extraordinaria. En la primera parte, la cosa funcionó, aun con pequeños desarreglos, más o menos bien, pero en la segunda llegaron desajustes mayores y algún que otro desbarajuste catastrófico (He trusted in God). Todo sea por la participación y el goce de hacer música juntos.

Dougan presentaba un conjunto recién fundado, el Dúchann Collective, que se subió a la escena con dieciocho voces salidas de la gran tradición coral inglesa. El grupo suena con apreciable empaste y buen equilibrio, acaso algo débiles los bajos, aunque en la segunda parte de la obra pareció contagiarse de las terrazas y tuvo algún que otro problema en la precisión de las entradas (muy obvio en Lift up your heads).

Dougan impulsó una visión más contemplativa y reflexiva que épica de la obra. Alcanzó la excelencia al principio en un delicadísimo y a la vez brillante And He shall purify y luego en el Behold que abre la segunda parte. Acompañó con buena articulación y tempi más bien lentos, que funcionaron muy bien en las arias más expresivas. Incomprensiblemente, el maravilloso He was despised de Victoria Simmonds fue arruinado por una epidemia de toses y el delicioso If God be for us de Mary Bevan por el impropio vibrato del violín de Branislav Sisel. Bevan estuvo demasiado sobria en Rejoice y Simmonds algo aséptica en O thou that tellest. Irregulares las voces masculinas, un tenor de corte operístico y un bajo con proyección demasiado trasera.

Feliz Navidad.

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