Ministriles Hispalensis | Crítica Explorando la Sevilla renacentista

Ministriles Hispalensis de fiesta en el Alcázar Ministriles Hispalensis de fiesta en el Alcázar

Ministriles Hispalensis de fiesta en el Alcázar / Actidea

Hasta hace poco sabíamos que los conjuntos de ministriles debían de estar tocando en las catedrales españolas desde algún momento del siglo XV, pero fue en Sevilla donde, en 1526, sus puestos pasaron por primera vez a ser fijos y oficiales. En los últimos años, y gracias a los estudios de Clara Bejarano, conocemos mucho mejor la actividad de los ministriles en la ciudad, su formación, su condición social y económica, sus lazos familiares...

Los ministriles dominaron la vida musical de la Sevilla del Siglo de Oro, aportando sus servicios a todas las corporaciones, civiles y religiosas, que los precisaban, participando en procesiones, conmemoraciones y festejos privados, incumpliendo muchas veces los propios estatutos del cabildo catedralicio, agrupándose en otras en asociaciones privadas, pues además de los privilegiados que tenían puesto en las capillas eclesiásticas, otros muchos instrumentistas vivían en y de la ciudad. Estos extravagantes pusieron sonido a las calles, plazas y palacios sevillanos durante décadas.

Ministriles Hispalensis asumieron por una noche su papel. Podemos imaginarlos contratados para una recepción oficial ofrecida por los gremios sevillanos tras la llegada de la nao Victoria de las Molucas el 8 de septiembre de 1522. Algunas de las obras interpretadas en el Alcázar fueron escritas con posterioridad, pero poco importa, porque lo que cuenta son las prácticas y los procedimientos. Aunque también disponían de repertorio propio (y una muestra ofrecieron con la obra de Tavares), era normal que los ministriles tocaran en sus instrumentos versiones de obras vocales, religiosas y profanas, cuando era en la catedral posiblemente leyendo directamente de los grandes libros de coro, agrupados junto a los cantores en torno a un único atril.

Pero ahora estamos en un ambiente festivo y relajado y por eso las canciones y las danzas ocupan el grueso de su repertorio. Ministriles Hispalensis enseñaron las melodías, los ritmos que sin duda circularon por la Sevilla del Quinientos, pero se mostraron extremadamente comedidos con las prácticas de glosa e improvisación típicas de la época. Aquí y allá, las cornetas de Pascual y hasta el sacabuche contralto de Sosa, aun con sus limitaciones articulatorias, ofrecieron sus ornamentos, y Garrido llamó insistentemente al baile, pero los motivos quedaron escueta, casi esquemáticamente expuestos. Faltó un hervor, una agitación, la chispa de la originalidad. Algo más desarrollado resultó el arreglo del tema de Salinas, con un tratamiento más contrapuntístico y de notable claridad en las diferentes voces, y más contrastadas las piezas, originalmente en lengua nahuatl, de Gaspar Fernandes. Gotas en un océano que quedó explorado a medias.

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