TRONDHEIM BAROKK | CRÍTICA

Viaje a la fría luz del Norte

Trondheim Barokk

Trondheim Barokk / D. S.

Se ha instalado en el mundo de la interpretación barroca de los últimos años el concepto (a menudo falso) del parentesco entre las músicas tradicionales y las creaciones cultas de los siglos XVI y XVII, basándose en la idea (aún por demostrar) del origen popular de muchas de las músicas creadas en círculos cultos de la Europa Barroca. Al margen de lo problemático de establecer un concepto ucrónico de la tradición (que ya sabemos cuán reciente es su origen en tantos casos), esta premisa lleva a desleir los perfiles tanto de las músicas de tradición oral como de las elaboraciones más refinadas de las cortes barrocas, cayendo a menudo en un barroquito que tiene más de construcción ficticia que busca captar nuevos públicos que de auténtica investigación llevada a los pentagramas.

Es lo que ocurrió anoche con la propuesta del conocido grupo noruego, en cuyo programa iban alternándose piezas tradicionales de aquellas regiones nórdicas con obras italianas del XVII que casi nada tenían que ver salvo en algún pequeño matiz melódico en algún caso aislado. Sólo la canción I Rosenlund mostraba estar construida sobre una melodía conocida, la de las Folías de España. Ingeborg Dalheim, con su voz de emisión natural, pequeña pero timbrada, enunció con mayor convicción las piezas tradicionales que las italianas, ya que en éstas se instaló en un registro único de escasa carga expresiva que dejó escaparse las sutilezas en el fraseo que exigen piezas como la de Nielsen (ese Fuggi insulso) o la de Merula, una maravilla de composición de la que ni siquiera el texto era reconocible.

Salvo el espléndido violín de Jesenka Balic, que se lució en la Ciaccona de Bertali, el conjunto mostró también un claro distanciamiento en lo expresivo.

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