Musica Ficta | Crítica La canción lírica con prestigio

Musica Ficta en el Alcázar.

Musica Ficta en el Alcázar. / Actidea

Hace años que Raúl Mallavibarrena suele visitar el ciclo del Alcázar con arreglos propios de música antigua en los que él mismo acompaña al piano a algún cantante, entre los que por norma se cuenta la sevillana Rocío de Frutos. Sus acompañamientos son muy personales, en un estilo con un punto naïf, que incluye rasgos aflamencados y jazzísticos. El resultado es una especie de lo que en otro tiempo se llamaba canción ligera o canción lírica, aunque con el prestigio de que la melodía proviene en origen de los siglos del Renacimiento y el Barroco.

El repertorio (que iba de piezas del siglo XV a los célebres sauvages de Rameau, pasando por Encina, Lully, Caccini o Monteverdi) quedó esta vez unificado por una temática en torno a los viajes y el exotismo y por este tipo de acompañamiento descrito, no siempre capaz de crear en el imaginario del conocedor la fantasía ucrónica que requiere un espectáculo de estas características. Por más que Mallavibarrena logró en su piano momentos llamativos y originales (la introducción a Fairest Isle es un buen ejemplo), a veces, música de notable carácter pareció innecesariamente rebajada a un ligero pasatiempo de revista.

Este año, además de Rocío de Frutos se ha unido al grupo Javier Cuevas, es decir, han coincidido en escena, junto al director (y ocasional pianista) asturiano, la mitad de Vandalia, uno de los grandes conjuntos españoles de polifonía. El contraste de registros es de enorme atractivo: el timbre de la soprano es genuino e inconfundible, la voz del bajo resulta de bella reciedumbre, y el trabajo conjunto de años les permite ajustar con precisión todos los detalles para interpretaciones a dúo en las que lograron conjugar una seductora pasta sonora con un variado juego de matices expresivos, tan destacado en Dalla porta d'Oriente de Caccini como, sobre todo, en el Fôrets paisibles de Rameau, uno de los momentos culminantes del recital.

En solitario, admiró el arranque del Ayo visto lo mappamundi en la voz del bajo sevillano, que quizá no encontró la variedad que requiere la pieza dedicada a los Reyes Magos por Juan del Encina, una canción a 3, aquí envuelta en extrañas armonías, aunque se desquitó luego con la romanza paródica del turco de El burgués gentilhombre, a la que dio su justo toque humorístico. Rocío de Frutos puso voz angélica al famoso bajel del XVII español (tan célebre en su época que fue editado varias veces en el extranjero)  y resultó enormemente sensual como la Minerva del Ulises monteverdiano. Menos convincente me pareció su Purcell, afectado por un tempo demasiado rápido que en los últimos años parece haberse impuesto en la interpretación de esta deliciosa cancioncilla, que gana con la lentitud, con el deleitarse en cada palabra, en cada sílaba, pues no hay que olvidar que esa "Bellísima isla, superior a todas" a la que se refiere el texto es la isla de Venus, "sede del amor y del placer", allí donde las prisas nunca son bien recibidas.

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