Nao d'amores | Crítica de Teatro / Música Versos, cantos y un trágico amor

Actores y músicos de Nao d'amores en el escenario del Teatro Alameda. Actores y músicos de Nao d'amores en el escenario del Teatro Alameda.

Actores y músicos de Nao d'amores en el escenario del Teatro Alameda. / Francisco Roldán

Mientras que el teatro, y sobre todo la danza se alía cada vez con más frecuencia con la música en vivo, no es tan habitual ver teatro en un Festival de Música Antigua, si bien es cierto que Nao d’amores constituye una de las raras excepciones en el Femás.

Dedicados desde hace años a investigar el teatro primitivo español, la compañía que dirige con entusiasmo Ana Zamora en su vertiente escénica y Alicia Lázaro en la musical, ha aprovechado el obligado encierro sufrido para preparar, en su sede segoviana, una pieza teatral casi desconocida para el publico actual: Nise, la tragedia de Inés de Castro; en realidad, una combinación de la Nise Lastimosa y la Nise Laureada de Antonio Silva, pseudónimo del fraile gallego Jerónimo Bermúdez.

Obras desconocidas, pero no así su argumento ya que la historia del asesinato por ‘razones políticas’ de Inés de Castro y su entronización post mortem a manos de su viudo, el ya rey Pedro I de Portugal, circulaba en los romances castellanos y portugueses del siglo XV y ha dado lugar a obras de distintos géneros, entre ellas Reinar después de morir, de Luis Vélez de Guevara.

Escrita en el siglo XVI, la obra mezcla un lenguaje arcaizante cuya pronunciación dificulta en ocasiones la escucha, con rasgos más modernos que muchas de las piezas que llegarían un siglo después.

La figura del rey Alonso de Portugal, por ejemplo, que deja la justicia en manos de sus consejeros lavándose las suyas ante el injusto y gratuito asesinato de su nuera, se aleja de los reyes arquetípicos de Lope de Vega, todos ellos paradigmas de la justicia y con un poder heredado directamente de Dios.

Una hermosa piedad formada por Inés muerta y las cabezas de sus hijos. Una hermosa piedad formada por Inés muerta y las cabezas de sus hijos.

Una hermosa piedad formada por Inés muerta y las cabezas de sus hijos. / Francisco Roldán

Ese aire renacentista admite también sin violencia, para expresar el amor eterno, algunos versos del soneto V de Garcilaso de la Vega –‘Escrito está en mi alma vuestro gesto…’- junto a otros del Beatus ille de Horacio, o a las Lamentaciones de Jeremías, mezclando la palabra hablada con el canto polifónico –no siempre bien empastado– de todos los actores.

La obra está jalonada de piezas musicales también del siglo XVI, sostenidas por un clave y por la siempre espléndida viola da gamba de Alba Fresno, y enriquecidas en ocasiones por un órgano positivo o un arpa medieval, y por cantos corales en los que sobresale la voz del contratenor. Sus fuentes se encuentran en Cancioneros de la época y en autores como Diego Pisador, Alonso Mudarra o Cristóbal de Morales.

La música ayuda a que fluya la narración, pero ocupa la parte trasera del escenario dejando poco espacio para las acciones teatrales. Para estas, Ana Zamora, además de aprovechar el vestuario para cambiar las funciones de los personajes, ha colocado una especie de estanque de geometrías árabes en torno al cual se forjan las escenas más logradas: la súplica de Inés (Irene Serrano) al rey, su suegro, con ayuda de sus hijos-muñecos –otro recurso, el de los títeres, que el grupo domina a la perfección desde sus comienzos– la muerte de la muchacha o la lucha encarnizada que termina con la muerte de los consejeros traidores.

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