Un Nobel llamado Dylan
El 11 de noviembre saldrá una nueva y monumental caja de cd’s: 'The 1966 Live Recordings' con todas las grabaciones conocidas de los conciertos que realizó durante ese año. Nada menos que una caja con ¡36! cd’s.
Si uno entra en la web oficial del cantante no hay alusión alguna a la obtención del galardón al que había venido optando durante las últimas décadas, el celebrado Nobel de Literatura. En su lugar se anunciaba la próxima edición, el 11 de noviembre, de una nueva y monumental caja de cd’s. The 1966 Live Recordings con todas las grabaciones conocidas de los conciertos que realizó durante ese año, nada menos que una caja con ¡36! cd’s, que, no lo duden, se convertirá en una codiciada pieza por sus más apasionados seguidores. Y, bueno, en realidad son ‘solo’ 36 porque el 29 de julio de ese año, Dylan sufrió un accidente de moto con su Triumph Tiger 100, que lo mantuvo apartado de la primera línea durante año y medio y le impidió completar la gira que su manager tenía programada hasta noviembre. El estratégico accidente, misterioso y cuestionado por algunos biógrafos, ya que nadie ha podido obtener parte médico alguno ni evidencias de hospitalización a pesar de que supuestamente se rompió varias vértebras cervicales, le sirvió a Dylan para romper una dinámica híperactiva y en cierto modo autodestructiva en la que el músico se encontraba sumido.
Pero más allá de eso, y antes de que alguno se lleve las manos a la cabeza impresionado por los treinta y seis discos que componen su próximo lanzamiento, digamos que la publicación no contiene nada que los más obsesos y completistas coleccionistas no hayan podido obtener previamente en el mercado negro (ese submundo de discos piratas que se inauguró, precisamente, a finales de los sesenta, con The Great White Wonder, un disco sin créditos que contenía una pequeña parte del material grabado en el sótano de su casa durante la convalecencia del presunto accidente), que además se enmarca dentro de una política que lleva a cabo su compañía discográfica desde hace cinco años, y que tiene que ver con la legislación norteamericana. Allí las obras musicales pasan a ser de dominio público a los cincuenta años de su publicación, de modo que, adelantándose a lo que podría haberse convertido en una auténtica invasión de ediciones de todo pelaje de todo lo grabado por Bob Dylan -repito, una inabarcable cantidad de material sonoro disponible en grabaciones ilegales-, Sony Music, actual propietaria del catálogo de Columbia, la compañía a la que ha pertenecido el cantante durante casi toda su vida, viene publicando desde 2011 (recordemos que su primer álbum es de 1961) extensas ediciones, en cd y en vinilo, de todo el material de archivo.
Y es que todo lo relacionado con el bardo de Duluth es desmesurado. Como lo fue la reacción al anuncio del premio hecha por Sara Danius, la secretaria permanente de la Academia Sueca, con gritos y exclamaciones más propias de ambientes menos solemnes. Desde hace muchos años el nombre de Bob Dylan ha sido mencionado entre los candidatos al premio, y no han sido pocas las voces que han considerado indigno de semejante distinción a un simple músico de rock, sin darse cuenta de que en el caso de Dylan la controversia no es tal, sencillamente porque él no es un simple músico de rock. Es el jovenzuelo que hizo resurgir el folk, el cantante protesta que rehusó ejercer de portavoz generacional, “una enorme burbuja transparente de ego”, en palabras de su amiga Joan Baez, el inventor del folk-rock, traidor a la pureza del folk, creador del género Americana que recluido durante unos meses en un sótano, ni siquiera consideró oportuno publicar su invento, el acusado de recaudar fondos para la causa israelí, de convertirse al cristianismo, de visitar al Papa y de condenarse a sí mismo a una gira interminable que ya dura casi treinta años… Y por encima de todo eso, el autor de un cancionero no tiene competencia en los últimos cien años, a quien nadie puede discutirle el trono de la música popular del S. XX.
Ha habido estrellas con ventas muy superiores, desde U2 a Michael Jackson, de Queen a Abba, estrellas con historias más legendarias como las de Jimi Hendrix o Elvis Presley, con mayor impacto mediático, como The Rolling Stones o The Beatles, e incluso otros cuya obra resulta más accesible y menos indigesta para el gran público, y consiguen llenar estadios con más facilidad, como Leonard Cohen o Bruce Springsteen, pero todos ellos se rendirían ante su figura, y sobre todo ante su apabullante repertorio, auténtico tratado de los géneros populares que los Estados Unidos han dado al mundo. En su autobiografía Dylan dijo de Picasso, la mayor influencia española que ha reconocido, que “partió por la mitad el mundo del arte y lo abrió como si fuera un huevo”. Pues bien, Bob Dylan hizo algo semejante con la tradición musical norteamericana, probablemente la más rica y variada del mundo junto a la brasileña; asimiló todo el blues, el folk, el country y el rock y nos los devolvió en estado adulto, en edición corregida y aumentada. A sus 75 años es un Nobel merecido. Nadie sabe detrás de qué esquina el destino le tendrá preparada la guadaña, pero mientras eso suceda o no, seguiremos disfrutando de un genio irrepetible.
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