Sidi Larbi Cherkaoui | Estreno El desierto como metáfora

  • ‘Nomad’, una pieza para once bailarines del creador belga Sidi Larbi Cherkaoui, llega viernes y sábado al Teatro Central con carácter de estreno en España

Los bailarines de 'Nomad' habitan un espacio inhospito en el que únicamente unidos lograrán sobrevivir. Los bailarines de 'Nomad' habitan un espacio inhospito en el que únicamente unidos lograrán sobrevivir.

Los bailarines de 'Nomad' habitan un espacio inhospito en el que únicamente unidos lograrán sobrevivir. / Filip Van Roe

Decidido a bailar desde que era niño, a pesar de su aspecto más bien frágil, Sidi Larbi Cherkaoui (Amberes, 1976) bailó en las calles y en los locales de variedades antes de decidir formarse técnicamente en la P.A.R.T.S, la escuela que dirige en Bruselas Anne Teresa de Keersmaeker, y en Nueva York, donde añadió conocimiento y rigor a un talento natural para la danza y la coreografía y a una mente artísticamente ecléctica.

Sus primeras creaciones las llevó a cabo en el seno del colectivo belga que dirige Alain Platel, los Ballets C de la B. Entre ellas destaca Foi (2003), el primer gran trabajo suyo que vimos en Sevilla, en mayo de 2004, tras el solo It (presentado en enero de ese mismo año), en el que el joven bailaba una coreografía realizada para el por Wim Vandekeybus.

En aquel impresionante Foi, que algunos denominaron musical medieval-contemporáneo, el escenario estaba poblado por 18 artistas, incluidos los cuatro cantantes y los tres músicos de la Capilla Flamenca. Todos ellos componían un fresco repleto de hallazgos en el que el joven coreógrafo sentaba las bases de lo que sería su estilo artístico y ético: la convivencia, sin jerarquías de ningún tipo, de decenas de elementos distintos, procedentes de diferentes campos artísticos y diferentes culturas.

En aquel momento, la democracia, el equilibrio de Foi contrastaba violentamente con un panorama internacional en que la Guerra de Irak nos llevaba a todos -artistas y público- a interrogarnos sobre cuestiones tan cruciales como en qué podemos creer o si se puede confiar en la red de información que nos envuelve. Las mismas preguntas que hoy seguimos haciéndonos, aunque el decorado haya cambiado de modo ostensible.

A partir de entonces, con muchos admiradores entre los aficionados de la ciudad, Cherkaoui ha regresado a Sevilla en diferentes ocasiones y con diferentes formatos. Así, en abril de 2005 bailaba en este mismo escenario D’avant junto a Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola, Luc Dunberry y Damian Jalet, con quien ha colaborado durante años, a veces bajo el paraguas de la compañía de Sasha Waltz. En octubre de 2009 llegaba con Origine, en 2013 con Play, un paso a dos con Shantala Shivalingappa, y en enero de 2014 con 4D. Cuatro dúos arropados por unas espectaculares proyecciones.

Podría decirse que en lo que llevamos de siglo Cherkaoui ha hecho de todo y con todos. Su talento, su amor por la etnomusicología y el canto y su preocupación por la identidad personal y social lo han hecho adentrarse en proyectos -tal vez demasiados- tan diferentes como el que lo llevó a investigar la música y la cultura china y que dio como resultado su premiado espectáculo Sutra (2008), realizado en colaboración con los monjes de Shaolin y con el artista Antony Gormley, que aún sigue de gira por el mundo; o la danza india, en colaboraciones con artistas como Akram Khan o la bailarina de danza Kuchipudi Shantala Shivalingappa; o la japonesa, con el espectáculo TeZukA (2011), en el que el belga rendía tributo al creador del manga japonés Osamu Tezuka. Incluso se atrevió a coquetear con el flamenco, bailando en 2009 Dunas, un hermoso dúo con la bailaora sevillana María Pagés, que pudimos ver en octubre de 2010 el Teatro de la Maestranza, dentro del ciclo ‘Flamenco y otras aves’ de la 16ª edición de la Bienal.

Desde 2009, el coreógrafo trabaja con su propia compañía, Eastman, que tiene su sede en Amberes. Desde allí, el creador belga ha pivotado de la danza al teatro y a la ópera, del musical contemporáneo a la coreografía para videoclips (con Beyoncé, sin ir más lejos) o para el cine, como demostró encargándose del movimiento de la película Anna Karenina de Joe Wright.

Desde setiembre de 2015 un ya multipremiado Cherkaoui es director artístico del Ballet Royal de Flandes, para el que ha creado piezas como Fall (2015), Exhibition (2016) o Requiem (2017).

Esta noche, mientras España y su país, Bélgica, van estrechando círculos en torno a sus ciudadanos en nombre de un virus, la troupe del creador llega a Sevilla con Nomad (Nomada), un espectáculo para once bailarines dispuestos a habitar un inhóspito desierto. Una gran metáfora para expresar cómo la libertad más absoluta puede chocar con la mayor desolación y marginación.

El espectáculo nació con ocasión del festival de danza Tanec de Praga, donde Cherkaoui presentó, en junio de 2017, un work in progress que cristalizaría más tarde en el espectáculo que hoy llega a Sevilla con carácter de estreno en España y que tuvo su estreno en Bélgica en febrero del pasado año.

Las coreografías de Nomad están inspiradas en motivos árabes, sobre todo en dibujos originados en fórmulas matemáticas y que descansan sobre la música inspirada en Oriente Medio de Felix Burton, artista integrante de Basemen Jaxx. Un paisaje sonoro creado en vivo por Kaspy N’dia, que se completa con ecos de la música sufí y algunas piezas para piano compuestas por el propio coreógrafo. El vestuario, inspirado en los tejidos que los habitantes del desierto utilizan para protegerse del calor y las tormentas de arena, es obra del diseñador Jan-Jan Van Essche.

Tal vez por sus orígenes africanos (su padre era marroquí), el artista siente una atracción irresistible por las dunas de arena -siempre efímeras- y por los vientos que cambian de dirección y de velocidad de un instante a otro. Ya las Dunas que compartió con María Pagés, decía que estaban “inspiradas en las del desierto, en la arena, en sus granos y sus metamorfosis”.

En Nomad, el creador vuelve a explorar la metáfora del desierto. Un espacio hoy mucho más hostil y peligroso si cabe, que sería imposible sobrevivir si no es gracias a la enorme adaptabilidad -resiliencia lo llaman ahora- que caracteriza al ser humano y, por supuesto, gracias a su solidaridad, vital para sobrevivir en medio de cualquier peligro.

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