Orquesta Sinfónica Conjunta | Crítica Dos caras en la clausura

La Orquesta Sinfónica Conjunta en el Maestranza.

La Orquesta Sinfónica Conjunta en el Maestranza. / Cicus

No dejó indiferente a nadie el joven William Walton cuando en 1929 presentó su Concierto para viola (que estrenó nada menos que Paul Hindemith como solista), una obra modernista, pero no en el estilo de los agresivos vieneses, ni siquiera en la onda del neoclasicismo parisino, sino un poco a la manera atrevida y convulsa de los rusos, con su formato clásico algo trastocado, sus elementos cíclicos contrastantes y sus pasajes fugados. Y así la ofrecieron en una interpretación magnífica el joven Alberto García Pérez, capaz del mayor de los lirismos (lento, irregular primer movimiento) como de las agilidades más exigentes, y la Orquesta Conjunta de Conservatorio y Universidad, que Juan García Rodríguez manejó con admirable plasticidad y equilibrio. Puede que la ejecución no fuera perfecta (faltó precisión en algunas entradas y en la gran cadencia orquestal del último movimiento), pero la música se impuso en su mezcla de exaltación y ternura, vehemencia, sensibilidad y riesgo.

Más problemas hubo con la Renana de Schumann, especialmente en un primer movimiento rítmicamente adusto y tímbricamente desequilibrado en favor de una cuerda que fagocitó al viento. Una interpretación sin apenas relieve dinámico, con caídas de tensión (tercer movimiento), pero que se elevó por encima de la medianía en dos momentos esenciales: en un insinuante y sinuoso segundo movimiento, con un tratamiento muy flexible de la agógica, y en un final en el que García Rodríguez descorchó al fin el ardor rítmico con nerviosa y genuina y legítima agitación romántica.

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