Patino: nueve artilugios para fascinar
Paseando por las últimas películas de Patino -los vídeos que componen su reciente instalación Espejos en la niebla- uno ocupaba con facilidad el estatus que en algunas de sus ficciones (Los paraísos perdidos, Octavia...) detentan esos individuos melancólicos que enfrentan su individualidad a la Historia como suma de representaciones. Patino, ensayista del cinematógrafo y el audiovisual, sigue compartiendo con ilustres como Marker o Farocki el gusto por deconstruir las imágenes (siempre atravesadas por un determinado poder) e insuflarles nueva vida a partir del montaje, es decir, de las herramientas previamente denunciadas. Es el vicio de un descreído incansable que se aprovecha como pocos del famoso adagio del director de El último bolchevique: uno nunca sabe lo que filma, es imposible predecir la virtualidad de lo real atrapado por la cámara cuando sobre las huellas se derrame el tiempo. Esta pasión de bricoleur (término apropiado para tantos y tantos extraterritoriales del cine que Santos Zunzunegui ha rescatado para la filmología del antropólogo Lévi-Strauss) asaltó a Patino cuando la vía industrial se le estrechó de golpe -ya contaba con la magistral Nueve cartas a Berta (presente, como todas sus películas citadas, en este pack), donde lo intratable de cierta deriva documental ya amenazaba al conjunto literario-. Canciones para después de una guerra y Caudillo ejemplifican a la perfección la condición de demiurgo de quien opera con restos ajenos. Con Godard, Patino sabe que la imagen no es nada, justo un reflejo, y que el montaje tiene el poder de validar e incluso generar una puesta en escena. Al díptico se le uniría Queridísmos verdugos, ahí donde este revitalizador de fantasmas probaba con la otra radicalidad del cine, la de una máquina que destapa, con cruda indolencia, que la realidad es una ruina vestida con oropeles. Fue la hora, además, de jugarse el pellejo, cuando todo estaba en el aire.
En los 90 el ideario de Patino se hizo más laberíntico y denso cuando tocó apretarle las tuercas a los medios de comunicación como creadores de lenguaje y realidad. La seducción del caos y los capítulos para la serie Andalucía, un siglo de fascinación (de la que aquí sólo se mantiene Ojos verdes), vistos superficialmente como ejemplos de fake o falsos documentales, son mucho más que meros índices de enseñanzas brechtianas (que todo, y no sólo el que se representa en las tablas, es teatro), pues constantan algo más poderoso, cómo se puede acariciar la verdad a partir de la acumulación de mentiras. Algo mucho más valioso que las buenas intenciones.
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