Cultura

Pessoa, investigador privado

  • En sus relatos policiacos, en los que se revela como un original y notable autor del género, el lisboeta resulta más moderno que Doyle y Chesterton.

Quaresma, descifrador. Fernando Pessoa. Edición de Ana María Freitas. Trad. de Roser Vilagrassa. Acantilado. Barcelona, 2014. 536 páginas. 29 euros.

Hay un pliegue, en el albor del XX, que nos permitirá comprender a este Abílio Quaresma, descifrador de enigmas, que Pessoa modeló a lo largo de muchos años, sin que tuviera una feliz consecución su empeño literario. Dicho pliegue es aquél que separa, con su relieve, la estatura de Sherlock Holmes de la insignificancia del Padre Brown o la extravagante pulcritud de Hercule Poirot. También de la bovina perplejidad de Abílio Quaresma, cuyo aspecto, sobre descuidado y ruin, remite a una visible inanidad y una desmayada torpeza. ¿Y qué es lo que separa a Sherlock Holmes del personaje ideado por Pessoa? Los separa eso que podríamos llamar, en un sentido lato, la legibilidad del mundo. Así, mientras en el aspecto de Holmes (su perfil aquilino, su porte atlético y patricio), hallamos el indicio de una inteligencia superior y un genio resolutivo, en la apariencia de Quaresma nos encontramos ya con que su virtud analítica es perfectamente opaca a la mirada del viandante, quedando diluida en un todo vulgar, impreciso y vibrátil.

Esta ilegibilidad, esta comprensión problemática de la realidad, es la que había planteado Hofmannsthal, a comienzos del XX, en su Carta de Lord Chandos. Mientras que la técnica inductiva de Holmes cree adivinar, tras la masa informe de los hechos, una secreta cordelería que los anuda y sustenta, la realidad que describe Hofmannsthal quizá ya no se sustente en nada. Aún así, es posible establecer una gradación o secuencia en tales personajes: a las virtudes visibles de Sherlock Holmes le seguirá la ridícula singularidad de Brown y Poirot, para culminar en este Quaresma, anegado en una espesa ordinariez, en una invisibilidad patente, que no excluyen ni el alcoholismo ni un acre olor a tabaco. Por otra parte, es fácil determinar el magisterio, la firme inspiración, que tanto Poe como Conan Doyle ejercen sobre Pessoa. Como sabemos, a todos ellos los une un prurito analítico llevado hasta su extremo. A todos ellos, de igual forma, los une una desconfianza hacia la realidad, que suplen con su arquitectura lógica. Quiere decirse que, tanto Dupin como Holmes, son capaces de resolver un caso sin salir de sus habitaciones. Y esto mismo es lo que ocurre con el Quaresma de Pessoa: basta la sencilla enumeración de los hechos (pero los hechos limpios de la turbulencia y el descrédito de lo real), para que la razón y la verdad resplandezcan. Sin duda, hay homenajes a Leroux y a Hoffmann en los relatos inconclusos que se reúnen en este volumen. Pero son Poe y Conan Doyle quienes articulan, canónicamente, ese concepto de la realidad como enigma, como verdad postergada tras la selvática profusión de los hechos, que Pessoa recoge en las presentes páginas.

Sería muy largo, en cualquier caso, relacionar aquí al Pessoa de los heterónimos, al Pessoa aficionado al ocultismo y partidario de la unión ibérica, con este Pessoa policial, de excelente factura. Aún así, ese vínculo existe. Y es esta duplicidad de lo existente, la consideración mistérica del mundo, aquello que los relaciona bajo sus diversos aspectos literarios. Como decíamos más arriba, Pessoa es más moderno que Doyle o que Chesterton, porque ha comprendido ya que lo real es difícilmente legible. Sin duda, existe tal posibilidad, como demuestra Quaresma. Aún así, dicha legibilidad no se ofrece en los rasgos de un hombre, en la tosca fisiología de Cesare Lombroso, y sí en las aptitudes de una inteligencia superior, no lastrada por el experimentalismo. En esa decepción, en esa dificultad añadida, reside la eficacia y el hallazgo del personaje de Pessoa. Un personaje que, probablemente, tiene mucho del propio autor, por la aguda conciencia de normalidad, de humanidad mostrenca, que se desprende de sus descripciones y que remiten, con seguridad, a su Libro del desasosiego.

Hay que decir, por último, que si bien estos relatos, nunca finalizados, componen un extraño corpus, un corpus en taracea, admirablemente ensamblado por Ana María Freitas, señalan de igual modo la extraordinaria valía literaria de Fernando Pessoa. Los razonamientos de Quaresma, sus inapelables dictámenes, y el modo en que se articulan literariamente, merecen la mayor de las atenciones. Con lo cual, si por un lado conviene deplorar la pérdida que supone el estado irresuelto y larvario en que se hallan estos Tales of a Reasoner, también es cierto que en Quaresma, descifrador se evidencia a un magnífico y original autor del género.

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