ROSS. 4º de abono | Crítica Exhibición en un festival ruso

Tatiana Postnikova durante su interpretación de la 'Rapsodia' de Rajmáninov Tatiana Postnikova durante su interpretación de la 'Rapsodia' de Rajmáninov

Tatiana Postnikova durante su interpretación de la 'Rapsodia' de Rajmáninov / Guillermo Mendo

Desde principios de octubre no se subía John Axelrod al podio de la ROSS. Y en su vuelta condujo a la orquesta a una amplia exhibición de sus posibilidades, tanto en su sonoridad conjunta como en la de sus secciones o en la de los atriles solistas, que mostraron una altísima implicación y calidad en todas y cada una de sus intervenciones.

Con Pushkin de referencia, la ROSS ofreció un paseo por algunas célebres páginas de la música rusa de entre 1840 y 1950 aproximadamente. El arranque con la bullanguera Polonesa de Liádov no pareció especialmente promisorio. Sonido grueso, más amazacotado que compacto, y poca sutileza.

La Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rajmáninov es una obra grande del repertorio de los pianistas y, por supuesto, las orquestas suelen invitar a grandes solistas para su interpretación. La ROSS apostó esta vez por escoger a la que tiene en nómina, la rusa Tatiana Postnikova, una pianista más elegante que contundente, música formidable, maravillosa en los pasajes en cantábile (como los de la célebre Variación 18), en los que mostró fraseo y articulación finísimos, y que fue capaz de ofrecer también el perfil enérgico y atlético que la obra exige. Axelrod controló de forma soberbia las dinámicas para integrar al piano como un tornillo más del engranaje orquestal. Refinado y, cómo no, elegante, el oportuno Diciembre de Chaikovski de la propina.

En la forma de trabajar la tímbrica, Axelrod muestra a menudo la óptica de la música de cámara

La segunda parte estaba reservada para varias obras breves antes de la suite del Cascanueces de cierre. Axelrod aprovechó para mostrar sus principales virtudes: claridad de texturas, flexibilidad en el tratamiento rítmico (sus aires de danza son en general soberbios) y detallismo para destacar segundas voces y realzar los timbres individuales en un trabajo que a veces parece tener la óptica de la música de cámara. De ello se beneficiaron (ya se dijo) buena parte de los primeros atriles de la ROSS. Morelló tocó como solista el aria de Lenski con fraseo muy poético y brindó un misterioso Syrinx de Debussy como propina, pero del conjunto resaltaron allá el clarinete de Szymyslik, acá el corno inglés de Bishop, ahora la flauta de Ronda, luego el violín de Crambes, el arpa de Iolkicheva o la celesta de Postnikova, sentada ya en su puesto para una versión sensualísima y cargada de aromas de medio mundo de la suite del Cascanueces, tan navideño siempre.

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