ROSS. Lucas Macías | Crítica Claridad, plasticidad y misterio

Lucas Macías tocando el Concierto de Strauss.

Lucas Macías tocando el Concierto de Strauss. / Guillermo Mendo

Hace más de una década que Lucas Macías Navarro (Valverde del Camino, 1978) era considerado como uno de los grandes oboístas del mundo, pero desde hace siete años el músico onubense decidió emprender también una carrera de director de orquesta. En su doble faceta se presentó en el Maestranza y con la ROSS con éxito extraordinario.

Ese prodigio de claridad diatónica que es el Concierto que para el oboe escribió un Strauss ya octogenario fue una delicia en sus manos y en sus labios. Su sonido es de una limpieza elocuente, de una tersura acariciante, y su capacidad casi infinita para regular el caudal de aire y matizar el peso y el color de cada nota dieron relieve a toda la obra. En el Andante admiró la capacidad para mantener la definición y la firmeza sonora en los pasajes en piano y en pianissimo, auténtica prueba para los oboístas. Fue reseñable además la plasticidad que logró en toda la pieza, pues la orquesta tocó con una flexibilidad para adaptar sus dinámicas al desempeño del solista por completo impecable.

Ya sobre el podio y con batuta, Macías logró que esa transparencia straussiana alcanzara también a El pájaro de fuego, obra que rara vez se escucha en concierto en su versión original íntegra, la concebida para el ballet presentado en París en 1910 dentro de la temporada de los Ballets rusos de Diáguilev. La obra de Stravinski nace de un fértil cruce de influencias (el cromatismo wagneriano, el impresionismo debussysta, el color y el brillo de la orquesta rusa, especialmente la de su maestro Rimski Kórsakov) y todos esos elementos fueron puestos en juego en una interpretación repleta de claroscuros y de una morbidez tímbrica por completo seductora.

La administración de las dinámicas volvió a resultar formidable, tanto como el juego con los diferentes planos sonoros, que dio a la orquesta una profundidad esclarecedora, por completo caleidoscópica: en sus cometidos solistas, los instrumentos iban sobresaliendo del conjunto, dialogando entre sí, para volver a la masa, de manera que llegó a ser deslumbrante, de forma especial en todos esos pasajes vaporosos, repletos de sugerente misterio, en los que el sonido orquestal se articuló en capas perfectamente estratificadas y matizadas. Macías controló en todo momento la tentación decibélica (incluso en el final), apostando por una lectura en la que la exuberancia del timbre y la variedad rítmica se impusieron por el sinuoso contraste más que por la afirmación.

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