Ritual y llanto de Allen Ginsberg

'Kaddish'. Allen Ginsberg. Trad. Rodrígo Olavarría. Anagrama. Barcelona, 2014. 216 páginas. 17,90 euros.

Manuel Gregorio González

15 de junio 2014 - 05:00

En junio de 1956 muere la madre de Allen Ginsberg. Dos años después, al regreso de una estancia en Europa, Ginsberg emprenderá la escritura de este poema, concebido como responso lírico y llanto desmesurado por la madre muerta. En el epílogo a estas páginas, Bill Morgan da noticia puntual, no sólo de la desdicha de Naomi Ginsberg, emigrante rusa llegada a Nueva York en 1905, cuya degradación mental la llevaría a morir recluida en un psiquiátrico; sino del modo preciso, de la noche exacta en que Ginsberg vislumbró la totalidad de este Kaddish (oración fúnebre judía), en el que el amor y la muerte se dan la mano. En cualquier caso, esta profunda letanía no obtiene su fama del dato biográfico. Kaddish, como poema torrencial, como responso ambulatorio, alucinado, inagotable, cobrará relevancia tanto por su acuciante imaginería onírica, como por la solidez formal con que el poeta expresa la masa informe del dolor y el bulto leve y disparejo de la vida.

Susan Sontag, mediados los 60, definirá como conservadores a los integrantes de la Beat Generation, y ello por el consumo de opiáceos que los convertía, a su juicio, en representantes de la evasión y el conformismo. Hay algo de verdad, quizá mucho de verdad, en este juicio adverso de la Sontag. Sin embargo, no está toda la verdad. En la poesía de Ginsberg, trufada de orientalismos, chamanismos y viajes astrales, está la intimidad del hombre que puso de relieve Freud; y tras Freud, la vanguardia surrealista. La propia Sontag fue una entusiasta del psicoanálisis mientras Ginsberg buceaba (quizá conservadoramente, pero blandiendo su dolor), en la orfandad sobrevenida y la huella abrasiva de los muertos. No otra cosa hallará aquí el lector, más de cincuenta años después, que esta nana del revés, a la manera caudalosa de Walt Withman, donde el hijo implora y se desvela para que la madre no se quede, otra vez, "huérfana de hijo" (Rosales). No otra cosa es este Kaddish de Ginsberg que un llanto conmovedor, un corazón en desorden, el derrumbe del mundo, una súplica enorme, desolada, inútil.

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